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Momentos de inspiración: así nacieron algunos de los grandes éxitos musicales de la historia Momentos de inspiración: así nacieron algunos de los grandes éxitos musicales de la historia

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Momentos de inspiración: así nacieron algunos de los grandes éxitos musicales de la historia

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Son las 11 de la mañana. Taylor Swift acude a ver un pase privado de Toy Story 5. Sale emocionada, con el corazón encogido y una idea dando vueltas en la cabeza.

Por Alhambra Global

Regresa a casa. Escribe, produce y graba ‘I Knew It, I Knew You’, el tema de los créditos finales de la película. A las 21 horas cierra una reunión con Bob Iger, el jefe de Disney, y con un representante de Pixar. Toca para ellos la canción que acaba de crear para la película. Cuando relataba el proceso, explicaba que tuvo “el subidón de la compositora”, una explosión de energía creativa. La canción acabó convirtiéndose en el decimosexto número uno de la artista en Billboard.

Nos gusta pensar que la genialidad, la inspiración creativa, es como un rayo que cae de repente. Es mejor que imaginar una carpeta de Drive con cuarenta versiones del mismo tema. El mito de la inspiración instantánea suele estar sobrevalorado, ya que la mayoría de las canciones se cuecen a fuego lento, pero lo cierto es que existen varios casos de canciones legendarias escritas gracias a una fugaz visita de las musas. Una combinación de talento acumulado y un estado mental apropiado.

Empecemos por el caso más citado de la historia del pop, aunque también el más malinterpretado. En 1964, un jovencísimo Paul McCartney se despertó una mañana en el piso londinense de la familia de su novia, Jane Asher, con una melodía completa sonando en su cabeza. Se levantó, corrió al piano que tenía junto a la cama y la tocó entera, de un tirón, tal y como la había soñado. Estaba convencido de que no podía ser suya porque le sonaba “a estándar de jazz”, así que dedicó varias semanas a preguntar a amigos y colegas de profesión si reconocían la tonada, como quien entrega un objeto perdido a la policía. Nadie lo hizo.

Hombre tocando la guitarra.

Aquí está el matiz que casi nunca se cuenta: ‘Yesterday’ nació en una sola noche, pero la letra tardó más de un año en llegar. Durante meses, McCartney la cantó con una letra absurda para recordar el ritmo, algo como “Scrambled eggs, oh my baby how I love your legs”. Finalmente dio con los versos definitivos durante unas vacaciones en Portugal. El resultado final, grabado por McCartney con guitarra acústica y un cuarteto de cuerda, se convirtió en la canción más versionada de la historia con más de 2.200 covers. Además, fue votada mejor canción pop del siglo XX tanto por la revista Rolling Stone como por la MTV.

Algo similar sucedió con el siguiente clásico. Era mayo de 1965 y los Rolling Stones estaban de gira por Estados Unidos. Keith Richards se despertó en mitad de la noche, cogió la guitarra que solía dejar apoyada en la cama y, medio dormido, tocó un riff de ocho notas en una grabadora de casete que tenía en la mesilla. La columna vertebral de ‘Satisfaction’. Después volvió a dormirse. Sin más.

A la mañana siguiente, al rebobinar la cinta, se encontró con unos treinta segundos de ese riff seguidos de cuarenta minutos ininterrumpidos de sus propios ronquidos. “No tenía ni idea de haberlo escrito”, confesaría años más tarde en su autobiografía. Mick Jagger completó la letra pocos días después, sentado junto a una piscina en Florida, y el tema se convirtió en el primer número uno de los Stones en Estados Unidos, la canción que los catapultó de banda británica prometedora a superestrellas globales. Rolling Stone la situó, cuatro décadas después, en el puesto número dos de su lista de las 500 mejores canciones de la historia.

La música revela cómo suenan los sentimientos.

Abril de 1962. Bob Dylan tiene veinte años, vive en el Greenwich Village y pasa las tardes matando el tiempo entre cafés con otros músicos del barrio. Según ha contado el propio Dylan en varias ocasiones, escribió el armazón de ‘Blowin’ in the Wind’ en unos diez minutos, sentado en el Gaslight Cafe. Tomó prestada la melodía de un viejo espiritual afroamericano titulado ‘No More Auction Block For Me’. Esa misma tarde bajó al sótano de Gerde’s Folk City y la tocó en directo por primera vez.

La maravillosa Dolly Parton, quien nos dejó recientemente, vivió su propio momento de inspiración arrebatadora en 1972. Compuso ‘Jolene’ y ‘I Will Always Love You’ en una misma sesión. La primera era un ruego desesperado a una rival amorosa, mientras que la segunda fue una despedida profesional y sentimental de su mentor, Porter Wagoner. “Fue un buen día para escribir”, resumió Parton con modesti cuando le preguntaron por semejante hazaña.

‘Jolene’ se convirtió en el tema más versionado de su carrera y ‘I Will Always Love You’ disfrutó de una segunda vida en 1992 de la mano de Whitney Houston, cuya versión para la banda sonora de ‘El guardaespaldas’ pasó 14 semanas en el número uno del Billboard Hot 100.

Corría 1987 y Guns N’ Roses ensayaba en su casa compartida cerca de Griffith Park, en Los Ángeles. Slash empezó a hacer el tonto con la guitarra, encadenando notas casi al azar. Estaba calentando y quiso hacer una broma sonando como la clásica tonada del circo mientras ponía caras raras al batería, Steven Adler. No había ninguna intención de convertir aquello en una canción. El bajista Duff McKagan lo resumió sin rodeos: ‘Sweet Child O’ Mine’ surgió en cinco minutos y, durante un buen rato, la banda pensó que acabaría como puro relleno del disco. Izzy Stradlin, empezó a tocar acordes por encima del riff; Duff improvisó una línea de bajo y Adler encontró el ritmo. Mientras tanto, arriba, en su habitación, Axl Rose escuchaba y recuperaba un poema que tenía abandonado sobre su entonces novia, Erin Everly. Al día siguiente, la letra estaba terminada.

Ese “riff tonto”, como lo describió el propio Slash, acabaría siendo votado por los lectores de Total Guitar como el mejor riff de la historia del rock. Y ‘Sweet Child O’ Mine’ se convirtió en el único número uno de Guns N’ Roses en el Billboard Hot 100.

Cuando Elton John aún era un pianista veinteañero aspirante a superestrella del pop, decidió unir su destino al de su socio creativo, un letrista de diecisiete años llamado Bernie Taupin. Una mañana de 1969, Taupin se sentó a la mesa de la cocina en casa de su madre, en Northwood Hills, y garabateó, en apenas diez o quince minutos según sus propios cálculos, la letra de ‘Your Song’, sobre una servilleta manchada de café (o de té, según la versión). Algunas fuentes aseguran que fue una broma de Bernie, una especie de carta de amor anónima dedicada a Judy, la empleada doméstica de su madre.

Se la pasó a Elton por teléfono desde una cabina y este empezó a tararear una melodía casi al instante. En cuanto se sentaron juntos al piano, remató la composición en unos veinte minutos. El resultado fue el primer gran éxito internacional de Elton John, la canción con la que el pianista pasó de ser una promesa local a una figura internacional de la música.

Hombre sentado al piano rodeado de partituras.

En 1968, Paul Anka, por aquel entonces un cantante juvenil reconvertido en compositor de encargo, cenaba con Frank Sinatra cuando la estrella le confesó que estaba pensando en retirarse. Anka, que meses antes había descubierto en un viaje a París una canción menor llamada ‘Comme d’habitude’ y había comprado sus derechos casi sin pensarlo, volvió esa misma noche a su apartamento de Nueva York decidido a escribirle a Sinatra la despedida que se merecía. Se sentó y se preguntó: ¿qué diría Frank si estuviera escribiendo esto? A partir de ahí no paró: ideó la completa entera imaginando la voz, el carácter y las fanfarronadas del propio Sinatra. Terminó ‘My Way’ de un tirón hacia las cinco de la mañana.

Grabó una maqueta y se la llevó en persona. Dos meses después, Sinatra le llamó desde Los Ángeles y, según el propio Anka recuerda, le dijo simplemente: “Lo conseguiste. Esta es la buena.” Anka rompió a llorar al otro lado del teléfono. Aquella letra escrita entre la una y las cinco de la madrugada se convertiría en la canción más grabada de la historia, según varias estimaciones.

En 1984, George Michael tenía 21 años y pasaba la tarde con Andrew Ridgeley, su compañero en Wham!, en casa de los padres del cantante en Hertfordshire. Estaban viendo un partido de fútbol por televisión, descansando tras la gira mundial del grupo. De pronto, sin previo aviso, Michael se levantó de un salto y anunció que tenía que subir porque se le acababa de ocurrir algo. Ridgeley se quedó solo frente al televisor mientras su amigo se encerraba en su antigua habitación de la infancia, la misma en la que de niños grababan parodias de programas de radio, con un teclado y un pequeño estudio portátil de cuatro pistas.

Una hora después, bajó las escaleras exultante. “Lo he hecho”, le dijo a Ridgeley. “Vamos a tener el número uno de Navidad y lo acabo de escribir.” Ridgeley describiría después ese momento como “pura alquimia musical”. En sesenta minutos, su amigo había destilado la esencia entera de la Navidad en una melodía: ‘Last Christmas’. El resultado, escrito, producido y tocado casi en su totalidad por el propio Michael, se convertiría en el single más vendido en la historia del Reino Unido. No llegó al número uno en su lanzamiento original, pero sí treinta y siete años más tarde, en 2021. Cada diciembre desde entonces, la canción vuelve a colarse entre los temas más escuchados del planeta.

2007. Lady Gaga acababa de aterrizar en Los Ángeles después de una fiesta por todo lo alto en el Lower East Side neoyorquino. Se fue directamente al estudio para su primera sesión con el productor RedOne. De fondo, Kanye West mezclaba temas y Snoop Dogg andaba merodeando por el pasillo. En ese estado, sin dormir y con todo lo sucedido la noche anterior rondándole la cabeza, escribió ‘Just Dance’ en unos diez minutos. Fue como una válvula de escape emocional. Quería, en sus propias palabras, hacer “un tema feliz”.

La canción no fue un éxito inmediato. Tardó casi cinco meses en escalar el Billboard Hot 100 hasta llegar al número uno en enero de 2009, pero acabó siendo el primer single de una carrera que redefiniría el pop de la década siguiente. Gaga llegó a decir que esa canción, nacida del cansancio y el jet lag, literalmente “le salvó la vida” en un momento oscuro de su etapa neoyorquina.

Una guitarra y un bloc de notas.

En 2012, la compositora australiana Sia estaba en el estudio del productor Benny Blanco cuando pidieron un taxi. Les avisaron de que tardaría un cuarto de hora. En lugar de esperar sin más, Sia decidió aprovechar el tiempo: melodía, letra, armonías, absolutamente todo. Según ha relatado el propio Blanco en una entrevista, ‘Diamonds’ quedó terminado antes de que llegara el coche. Sia cifró el tiempo total en catorce minutos.

La canción, cedida a Rihanna, se convirtió en su duodécimo número uno en el Billboard Hot 100 y en un éxito global en veinte países, certificado seis veces platino en Estados Unidos. Cuando Sia escuchó por primera vez la versión definitiva con la voz de Rihanna, confesó que le dio un puñetazo en el brazo a Blanco porque pensó que le estaba gastando una broma: no reconocía su propia composición cantada por otra persona. Menos de un cuarto de hora de trabajo, más de mil millones de reproducciones en streaming.

La próxima vez que sientas que llevas mucho tiempo atascado con algo, recuerda: a veces la mejor idea no está esperando a que la busques. Está deseando que hagas una pausa, olvides la prisa y permitas que la inspiración tome por un momento el control de tu creatividad.

 IMÁGENES | UNSPLASH

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