En 1984, el invierno se desplomó sobre la península de Chukotka. En este rincón remoto de la Unión Soviética, asomado al implacable mar de Bering, el hielo parece tener vida propia.
Por Alhambra Global
Avanza como un rumor grave, cerrando rutas, estrangulando el océano hasta convertirlo en una llanura blanca y hostil. Y fue allí, en el estrecho de Seniavin, donde la naturaleza le tendió una emboscada a un enorme grupo de ballenas beluga. Tres mil ejemplares de esta especie seguían el rastro de los bancos de bacalao cuando el viento cambió bruscamente. De repente, un muro de hielo de hasta cuatro metros de espesor bloqueó su salida hacia mar abierto. Estaban atrapadas.
Comenzaba así la carrera contrarreloj de la ‘Operación Beluga’, un suceso que pondría a prueba no solo la capacidad técnica del ser humano, sino su sensibilidad para comunicarse con una especie que se asomaba al abismo del desastre. Un acontecimiento que, gracias a la música, tuvo un final feliz.

Las belugas, conocidas cariñosamente como los ‘canarios del mar’ por su enorme repertorio de chasquidos, silbidos y cantos, quedaron súbitamente confinadas en pequeñas piscinas naturales. Para poder emerger y respirar, debían mantenerlas abiertas rompiendo una y otra vez con sus lomos la capa de hielo que se iba formando en el agua de forma constante. El tiempo se consumía rápidamente y la resistencia de los animales se iba agotando.
Un grupo de cazadores locales pertenecientes a la etnia chukchi fueron los primeros en darse cuenta del peligro. Rápidamente alertaron a las autoridades soviéticas, quienes enviaron un coloso al rescate: el rompehielos Moskva. Sin embargo, la llegada del buque trajo consigo un problema imprevisto. El barco era un monstruo de acero impulsado por motores gigantescos. Al embestir y triturar las placas de hielo para abrir un canal hacia el mar libre, provocaba un ruido que aterrorizaba a los cetáceos.

Las belugas, criaturas de una inteligencia auditiva extraordinaria, se negaban a seguir a su salvador. La maquinaria humana las paralizaba de miedo. Estaban exhaustas. Algunas comenzaban a perecer bajo la superficie. El canal hacia la vida estaba abierto, pero nadie lo cruzaba.
La desesperación se apoderó de la tripulación. Se les arrojó pescado para mantenerlas vivas, pero no era suficiente: necesitaban que los animales perdieran el miedo al barco. Y entonces, a alguien en el puente de mando se le ocurrió una idea que parecía rozar el delirio poético. Si las belugas se comunicaban mediante el sonido, tal vez la clave para guiarlas no residiera en la fuerza bruta del motor sino en el poder de la música.

El capitán ordenó que todos los altavoces disponibles fuesen instalados sobre la cubierta, orientados hacia el grupo de ballenas. Los conectó a un tocadiscos y empezó a probar opciones. El primer experimento resultó un completo fracaso. Se emitieron canciones populares, pop soviético e incluso marchas militares. Las ballenas se agitaron, hundiéndose en el agua con rechazo.
Fue entonces cuando la aguja del tocadiscos se posó sobre los surcos de la música clásica. Los acordes majestuosos de Pyotr Ilyich Tchaikovsky y de otros compositores clásicos, como Dmitri Shostakóvich o Serguéi Rajmáninov, comenzaron a inundar la cubierta para volar sobre el hielo. El efecto fue prácticamente instantáneo y casi mágico. Las belugas dejaron de revolverse. Asomaron sus cabezas redondeadas por encima de la superficie, orientando su biosonar hacia el casco del barco.

El tiempo pareció detenerse mientras la tripulación presenciaba aquel milagro comunicativo. Partituras escritas siglos atrás se convirtieron en un faro. La música clásica logró conectar dos mundos radicalmente distintos. Para las ballenas, aquellas vibraciones armónicas no suponían una amenaza. Eran un lenguaje que podían entender, una melodía que anulaba el estruendo amenazante del motor y les ofrecía una guía segura.
Poco a poco, las belugas comenzaron a dirigirse hacia el buque. Una vez que las primeras confiaron en los compases de la sinfonía, el resto las siguió. Se formó una procesión majestuosa en medio del Ártico. Fue un encuentro extraordinario, casi hipnótico.

Durante días, el Moskva guió a la gran manada a través del canal recién abierto, siempre con la música a todo volumen. La operación fue un éxito sin precedentes, todo un triunfo de la empatía. Hoy, décadas después, la ‘Operación Beluga’ sigue constituyendo un recordatorio de que la música no es solo una invención dirigida al entretenimiento, sino un puente universal capaz de aplastar las fronteras de la incomunicación, reducir las diferencias entre especies y, en las circunstancias más extremas, salvarnos literalmente la vida.
IMÁGENES | UNSPLASH
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