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El creador de guitarras que se instaló en Granada y olvidó la prisa El creador de guitarras que se instaló en Granada y olvidó la prisa

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El creador de guitarras que se instaló en Granada y olvidó la prisa

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En Carataunas, un pequeño pueblo de La Alpujarra donde las personas han dejado de ser prisioneras de la urgencia, un lutier madrileño de formación británica y alma granadina desafía la vorágine del siglo XXI.

Por Cervezas Alhambra

Esta es la historia de Mario Aracama: el hombre que decidió que su vida y sus guitarras se medirían por los tiempos de la naturaleza y no por los de los mercados.

A medida que ascendemos por la vertiente sur de Sierra Nevada el aire parece adquirir otra densidad. Llega incluso a dar la sensación de que cuenta con el poder de calmar el espíritu. En este paraje, donde Granada se despide de la ciudad para fundirse con la piedra y el pino, se encuentra un taller, llamado Las Canyadillas, que funciona como un anacronismo voluntario. Allí, entre herramientas que parecen prolongaciones de sus propios dedos y un aroma penetrante a resina y serrín, Mario Aracama (Madrid, 1975) escucha a la madera.

Un joven toca la guitarra en las calles de Granada.

Aracama es lutier. Crea guitarras clásicas y flamencas de forma absolutamente artesanal. Las flamencas, de menor grosor y con un sonido más directo y seco, sólo las hace por encargo. Las clásicas van naciendo de su imaginación y de su arte. De forma pausada. Para él, este oficio no constituye un proceso de fabricación, sino un ejercicio de entrega. En un mundo que nos obliga a correr hacia ninguna parte, Mario ha tomado el camino inverso. Ha subido a la montaña para recuperar algo que el hombre moderno ha perdido: la propiedad del tiempo. El proceso fluye. No hay prisa por terminar porque la madera, tras años de secado lento, no entiende de plazos de entrega ni de balances trimestrales.

La historia de Mario es la de un retorno. Formado en la prestigiosa London Guildhall University, donde se licenció en Tecnología de Instrumentos Musicales a finales de los noventa, Aracama pudo haber elegido el camino del diseño industrial o la gran manufactura. Sin embargo, el magnetismo de la escuela granadina y su tradición, que bebe de leyendas como Antonio Marín Montero, lo atrajo de vuelta a España en 2003.

Inicialmente, Mario se asentó en Hoyo de Manzanares. Pero su espíritu reclamaba más cielo abierto y puso rumbo a Granada. Al barrio de El Realejo para ser más concretos. Fue vecino y alumno de Antonio Marín Montero, pero cuando absorbió el conocimiento necesario elevó sus miras. En la montaña encontró un lugar apartado, libre de agobios e interferencias, donde sus guitarras podían descubrir su propia voz. Aplicó un enfoque diferente, una oda a la sencillez. Eliminó de la ecuación todo lo superfluo para dejar que la esencia resonase sin estorbos.

Una guitarra en proceso de fabricación.

Sus creaciones, ejemplos de maestría, transmiten de inmediato ese amor por el detalle que persigue la excelencia. La elección de los más selectos y adecuados materiales, el diseño personalizado de rosetas y filetes, la creación de los diapasones, el remate de los mástiles... Cada pieza conlleva una inversión de varios meses de trabajo.

La búsqueda de una sonoridad potente, sin pérdida de calidez, le condujo a implementar un sistema de aros dobles. Una estructura que otorga al instrumento una rigidez perimetral que obliga a la tapa armónica a trabajar al máximo de su capacidad. El resultado, un sonido que se proyecta con una energía sorprendente.

El virtuosismo no consiste en hacer algo difícil, sino en crear algo impecable. Cada guitarra es una entidad única. No hay dos iguales porque no hay dos árboles iguales. Y Aracama rehúsa imponer una simetría artificial a una materia que es, ante todo, orgánica.

El día del lutier transcurre marcado por el roce de la lija y el aroma del alcohol. El barnizado a muñequilla es, quizás, el momento donde el tiempo de Mario parece detenerse. La técnica requiere de una paciencia enorme: hay que aplicar capas microscópicas de goma laca, una tras otra, dejando que la madera respire y que el brillo nazca desde el interior como un barniz que no cubre, sino que revela.

Herramientas de lutier.

Trabajar solo en la montaña le permite apreciar la densidad de la madera por medio del tacto. Sabe cuándo una tapa pide un milímetro menos de espesor solo por cómo vibra bajo su mano. Un conocimiento que no se aprende en las aulas de Londres, sino que se adquiere en el silencio de Granada. Contemplando cómo la humedad de la sierra afecta al secado.

Cuando un músico de Nueva York, Tokio o Berlín adquiere una Aracama, está comprando algo más que un instrumento. Se lleva a casa una muestra del talento del maestro. Creaciones exclusivas, estéticamente únicas y ricas en detalles singulares. Cada uno de los miles de euros que cuesta es dinero bien aprovechado.

El sonido de estas guitarras es el reflejo de la vida de su creador: un ataque inmediato pero suave, una paleta de colores tímbricos que permite al intérprete pasar de la melancolía a la brillantez con un mínimo movimiento de la mano. Los graves son profundos, oscuros como las raíces de los pinos que rodean su taller; los agudos son intensos, llenos de armónicos, con una claridad que permite que cada voz sea perfectamente inteligible.

Guitarra española.

La obra de Mario Aracama no se escribe con palabras, sino con la ausencia de ellas. Habla de la decisión de un hombre que, en un mundo de ruido y furia, ha elegido el silencio de su montaña para demostrar que, cuando el tiempo te pertenece, el resultado solo puede ser la belleza pura. Mario apaga la luz, cierra la puerta de su taller y deja que las guitarras, en la oscuridad, sigan adelante con su proceso. Mañana, el tiempo volverá a ser suyo.


IMÁGENES | UNSPLASH

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