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Las ollas de colores que invaden nuestras cocinas tienen una historia centenaria: este es el pasado de Le Creuset
Un viaje al origen de la firma que, desde 1925, transforma el hierro en un elogio a la paciencia y al sabor de las cosas bien hechas
Más que menaje de cocina, los productos de Le Creuset son un manifiesto. Parecen la inflexión -a todo color- de un mundo que se mueve a velocidad vertiginosa, como una resistance que invita a la calma y al guiso que hace chup-chup.
La casualidad ha hecho que exista un hilo invisible que une los fogones franceses más sofisticados con la tradición cervecera de Granada. 1925 fue el año en el que comenzó todo: mientras que en la ciudad andaluza se fundaba la la fábrica de Cervezas Alhambra que hoy rinde culto al tiempo, en una pequeña localidad gala llamada Fresnoy-le-Grand, dos artesanos unían sus talentos para cambiar la historia de la cocina.
Por sus colores, su calidad y su versatilidad, la marca francesa de ollas de hierro fundido lleva cien años convertida en icono del diseño. Todo un objeto de deseo para los que aprecian el valor de lo bien hecho, y que va a la perfección tanto con cocciones como con cocinas. Hacemos zoom sobre la historia y la identidad de esta firma centenaria.
El encuentro de dos maestros (y una cocotte)
La historia de Le Creuset se basa en una colaboración perfecta. Durante la Feria de Bruselas de 1924, un especialista en fundición de hierro, Armand Desaegher, y un experto en el arte del esmaltado, Octave Aubecq, entraron por primera vez en contacto.
Más allá del espacio y tiempo que ambos habitaron al unísono, lo que realmente les hizo unirse para siempre fue una visión compartida sobre la forma de entender la cocina doméstica. Hasta entonces, los utensilios de hierro solían ser muy rudimentarios y poco estéticos. Con Le Creuset, Desaegher y Aubecq lograron lo que parecía imposible: combinar la robustez y la capacidad térmica del hierro fundido con la belleza del cristal vitrificado.
Fue así como nacería la primera cocotte, la olla más popular de la firma, que pasó de ser un producto de tendencia a sobrevivir a guerras, modas pasajeras y revoluciones tecnológicas.
‘Volcánico’, la olla con alma
Al pensar en las piezas de Le Creuset, el primer color que nos viene a la mente es el naranja intenso, degradado y magnético de su cocotte. La realidad es que su tonalidad poco tiene que ver con el marketing, sino más bien con las propias referencias artesanas de sus creadores, que se inspiraron en el hierro fundido en estado líquido de los crisoles (creusets, en francés).
Bautizado como ‘Volcánico’, se convirtió en su principal seña de identidad y, a su vez, en un homenaje al fuego, a la forja y a la energía que transforma el metal en una verdadera pieza de arte.
Aunque su gama de colores, colecciones y piezas se ha multiplicado por completo en la actualidad, el naranja ‘Volcánico’ sigue siendo el corazón de la marca (y también uno de los tonos más buscados por los amantes de la cocina y el interiorismo).
La belleza de la imperfección artesana
En la era de la producción en masa, lo que hace más especial a Le Creuset es su compromiso innegociable con la artesanía. De hecho, pese a que sus ollas ocupan habitualmente feeds en Instagram y Pinterest, poca gente sabe que cada una de sus ollas es, en sentido literal, única en el mundo.
Todo comienza con su proceso, en el que se parte de un molde individual de arena para cada pieza sobre el que se vierte hierro fundido a 1.500 ºC. Cuando se enfría, el molde se destruye, lo que se traduce en ollas con matices propios y marcas ‘de nacimiento’. Asimismo, después de la fundición, cada pieza se pule, se lija a mano y recibe sus capas de esmalte vitrificado.
Todo un proceso que requiere paciencia, manos expertas y una mirada que sabe apreciar el valor de lo auténtico. En sí, la filosofía ‘sin prisa’ de Cervezas Alhambra aplicada al metal.
Puente entre pasado y futuro
Los encantos de Le Creuset no terminan en el diseño. Con más de cien años de historia es normal que su aspecto nos evoque a las cocinas de nuestras abuelas, pero la realidad es que su tecnología es mucho más moderna de lo que parece.
Tiene una capacidad asombrosa para distribuir y retener el calor de forma uniforme, por eso es compatible con cualquier tipo de cocina (de gas, de inducción, vitrocerámica e, incluso, horno). La cocotte clásica es capaz de sellar una carne a alta temperatura y, acto seguido, acoger un guiso durante horas, manteniendo los jugos, nutrientes y particularidades de cada producto.
Al final, cuando nos hacemos con una de sus piezas adquirimos buen diseño, autenticidad y calidad. Sin embargo, al igual que hacemos cada vez que abrimos una Cerveza Alhambra, también realizamos un acto de rebeldía frente a lo efímero. Toda una apuesta por lo que gana con los años, con los objetos que cuentan historias y por ese placer honesto de sentarse a la mesa sabiendo que lo mejor, sin excepción, requiere su tiempo.
Imágenes | Le Creuset
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