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Comfort food: por qué necesitamos platos que nos reconforten Comfort food: por qué necesitamos platos que nos reconforten

Es Tendencia - Gastronomía

Comfort food: por qué necesitamos platos que nos reconforten


Cuando la incertidumbre se instala en la vida cotidiana, la cocina recupera una de sus funciones más antiguas: ofrecer calma, familiaridad y una sensación de refugio


En un momento marcado por la incertidumbre económica, los conflictos internacionales y un clima cada vez más impredecible, un plato conocido y gustoso ofrece una sensación de alivio difícil de explicar. Por una parte están los ‘guilty pleasures’ gastronómicos, es decir, “pecados de gula”, que no nos permitimos todos los días. Pero la misma función reconfortante la puede cubrir un caldo humeante, un arroz meloso, una rebanada de pan recién horneado o un puré cremoso. En todos los casos hablamos de comfort food, comida cuyo efecto inmediato es devolvernos a un lugar conocido y seguro.


Sin embargo, ceder a las sirenas del comfort food tampoco implica necesariamente recurrir a grandes cantidades de azúcar, mantequilla o queso fundido, ni tampoco repetir las recetas de siempre. De hecho, incluso la manera de buscar consuelo a través de la comida ha cambiado. El placer continúa siendo importante, pero comparte espacio con la calidad de los ingredientes, el equilibrio nutricional y una mayor atención a la salud. 


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Cuando un sabor activa un recuerdo


La relación entre comida y emociones es mucho más profunda de lo que parece. Antes incluso de que la psicología empezara a estudiarla, la literatura ya había descrito ese mecanismo. La célebre magdalena de Proust se convirtió en el símbolo de una memoria que no se despierta mediante un esfuerzo consciente, sino gracias a un aroma o un sabor capaces de transportar a otra etapa de la vida.


La investigación científica ha confirmado después que esa conexión tiene una base neurológica. Como resume el psicólogo experimental Charles Spence, de la Universidad de Oxford, los llamados comfort foods suelen estar asociados a recuerdos autobiográficos y experiencias sociales positivas, de modo que determinados sabores pueden activar una sensación de cercanía, seguridad y bienestar mucho más allá de su valor nutricional. El sabor funciona como un acceso directo a la memoria autobiográfica y, con ella, a las emociones asociadas a esos recuerdos.


Por eso los platos que reconfortan suelen ser preparaciones conocidas, fáciles de reconocer y ligadas a experiencias repetidas durante años. En Italia puede ser una lasaña como la hacía la “nonna”; en Japón, un cuenco de okayu, la sopa de arroz que acompaña desde hace siglos la infancia y la convalecencia; en la India, un khichdi de arroz y lentejas; en Estados Unidos, unos mac & cheese; y en España, unas lentejas guisadas, un plato de cuchara o una buena tortilla de patatas recién hecha acompañada de una Alhambra Especial. Cambian los ingredientes, pero todos comparten la misma función: ofrecer una sensación de familiaridad.


En el caso de los llamados "pecados de gula", además, existe una explicación biológica. Algunos alimentos especialmente ricos en carbohidratos, grasas o azúcares activan los circuitos cerebrales relacionados con la recompensa y favorecen la liberación de neurotransmisores como la dopamina. Esa respuesta ayuda a comprender por qué, en situaciones de estrés, muchas personas sienten un deseo casi automático de recurrir a determinados sabores y por qué el comfort food, a menudo, es comida no propiamente healthy.


Eso no significa, sin embargo, que solo esos platos puedan mejorar el estado de ánimo. Algunos estudios han observado, de hecho, que el simple hecho de comer puede producir un efecto positivo sobre el bienestar psicológico, independientemente de que el alimento elegido sea o no un comfort food. El poder de la comida reside en el significado personal que cada persona le atribuye.


comida confort

Un refugio que también ha aprendido a cambiar


Precisamente porque la función emocional sigue siendo la misma, incluso muchos de aquellos antiguos "pecados de gula" están cambiando de forma y el comfort food contemporáneo está experimentando una transformación: conserva la capacidad de tranquilizar, pero empieza a hacerlo con otros ingredientes y otras prioridades. Las versiones actuales buscan reducir los excesos sin perder la sensación de bienestar. 


Esa misma lasaña puede prepararse con verduras de temporada, un puré incorporar raíces poco habituales o una sopa enriquecerse mediante fermentaciones que aportan nuevos matices y mejoran la digestibilidad. Más allá del placer inmediato, se intenta construir una relación con la comida que resulte sostenible también a largo plazo.


Al mismo tiempo, la globalización ha ampliado el repertorio emocional de muchas cocinas domésticas. Si hace unas décadas el plato reconfortante casi siempre pertenecía a la tradición familiar o local, hoy puede serlo un ramen preparado en casa y disfrutado con una Alhambra Reserva Roja, perfecto maridaje por sus notas de cereal tostado y sus sabores de caramelo y grano. También pueden cumplir esta función un dal cocinado lentamente o un congee para quien los ha incorporado a su rutina. En este sentido, la familiaridad ya no depende tanto del origen geográfico como de la frecuencia con la que esos sabores forman parte de la vida cotidiana.


Incluso la alta cocina se ha interesado en esa necesidad de arraigo gastronómico y, después de años dominados por el efecto sorpresa y la búsqueda constante de la innovación, muchos restaurantes vuelven a construir sus menús alrededor de platos más familiares, elaboraciones reconocibles y gestos culinarios capaces de despertar una conexión emocional inmediata.


Imágenes I Unsplash

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