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¿Cómo lo haría Zorba? ¿Cómo lo haría Zorba?

Creadores - Cultura

¿Cómo lo haría Zorba?

 El éxito y el fracaso no son categorías estancas sino dos formas igualmente bellas, igualmente necesarias, de que la vida se haga en nosotros.  

La mayoría de nosotros considera que el éxito es conveniente y necesario; a cambio, como coartada, hemos convenido que el fracaso y la tragedia son bellos y literarios. No me gusta pensar en una superioridad estética del fracaso, pero hay que reconocer que existen personas que fulguran cuando caen y un tipo de melodía que solo podemos arrancarle al mundo desde el fondo de una sima.


A veces recuerdo a Richard Sheridan y encuentro que fracasar con actitud es un éxito inverso. Se parece tanto a triunfar que deja de tener sentido la distinción. A principios del XIX, el poeta inglés Richard Sheridan empeñó su fortuna en reflotar el Teatro Drury Lane de Londres. Logró relanzarlo con gran éxito, pero una noche de febrero de 1809 la estructura ardió por completo ante la impotente mirada de los londinenses. Junto a ella, frente a las llamas, se vio a Sheridan echándose un trago con absoluta flema. Estaba en su derecho, dijo a quienes le preguntaban asombrados, de calentarse junto a su chimenea.


Sheridan lo perdió todo aquella noche y más tarde murió en la miseria. Fracasó de manera brillante, ostentosa, pero encontró las palabras justas y el rictus preciso para que todo eso pareciera un último triunfo. Es necesario recordar y honrar a los que caen brindando porque significa que están más allá de toda vanidad.

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Me gustaría aprender a bailar de ese modo que no deja espacio a la queja, que es de hecho una queja inversa, una forma de celebración.
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“Jefe, ¿vio alguna vez un fracaso tan esplendoroso?”, le dice Zorba a su socio cuando se desploma la mina que iba a hacerlos rico. Repito: “Un fracaso esplendoroso”. Sucede en la película de 1964, dirigida por Michael Cacoyannis y basada en el bellísimo libro de Nikos Kazantzakis. Zorba es un buscavidas, un tipo de la tierra, con su sabiduría ruda, ágrafa. Sabe que los hombres triunfan y fracasan y que todo eso se sucede de manera alternativa y caprichosa. Entiende que lo único importante es la energía que se libera en el proceso. Por eso Zorba baila frente a una mina que acaba de derrumbarse con el mismo vigor que si la mina hubiera expelido oro en cascada.


Me gustaría aprender a bailar de ese modo que no deja espacio a la queja, que es de hecho una queja inversa, una forma de celebración. Advertir lo esplendoroso del fracaso, lo necesario incluso. Cuando se atascaba con un guión, Billy Wilder levantaba la vista hacia un cartelito de su despacho que rezaba “¿Cómo lo haría Lubitsch?”, su director de referencia, su amigo, su maestro. Yo quisiera disponer de algo semejante (“¿Cómo lo haría Zorba”?) para cuando vienen mal dadas. Entonces Zorba, saltando del cartelito, soltaría para mí un par de groserías y me zarandearía enérgicamente en lugar de brindarme conmiseración. Finalmente, me explicaría que con cada afán se abren dos posibilidades: que salga bien y que salga mal; y que ambas son legítimas y bellas y cada una merece todo nuestro esfuerzo y simpatía.


Veo a mucha gente indispuesta con la vida. Malquista incluso. Dieron por hecho que la vida, como el tiempo, observa unas reglas de progresión, se dirige hacia algún lado preciso que, suponemos, entronca con nuestros esfuerzos y nuestras esperanzas. Pensamos en la vida, en nuestra propia vida, como un guion de cine y suponemos que tarde o temprano llegaremos al clímax bosquejado desde el inicio. Luego pasas la página y donde había un beso bajo la lluvia y un redoble de campanas encuentras un negocio malogrado o una mujer que se marcha. Te sientes estafado por tu propia trama.

De vez en cuando conviene detenerse y echarse un trago, ensayar un baile, calentarse frente al incendio. Estamos tan seguros de merecer una recompensa por esta cosa impredecible que es nuestra vida, que nos hemos acostumbrado a interpretar la derrota como un aprendizaje, un obstáculo sine qua non para un futuro triunfo. Creemos que sólo tiene sentido si sirve para algo. Pero la vida no sirve, sucede. Y eso es lo que nos enseña Zorba.


Para Zorba, el fracaso no es una circunstancia indeseable, un daño colateral, sino una verdadera armonía. Igual que podían haber sucedido de un modo mejor las cosas, sucedieron de este modo concreto. ¿Por qué habríamos de dar por hecho que tenía que suceder del mejor de los modos, justo el que necesitamos para encontrarle sentido a la trama? ¿Por qué no le vemos sentido cuando sucede de otra manera igual de legítima aunque desalentadora?


“Nuestro deber es seguir confiados el ritmo inmortal”, piensa el protagonista de la novela de Kazantzakis, “darte cuenta de pronto que, en tu corazón, la vida ha realizado su última proeza y se ha convertido en un cuento”. Lo que predica Zorba no es la aceptación ni la resignación ni el estoicismo (tan de moda), porque eso implica una valoración sobre nuestra biografía, sino algo más instintivo y heroico: la armonía.


A partir de ahí, el éxito y el fracaso no son categorías estancas sino dos formas igualmente bellas, igualmente necesarias, de que la vida se haga en nosotros. Pero, claro, hace falta mucha humildad y un verdadero coraje para bailar sobre las propias ruinas. Brindemos por quien lo logra.

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