Creadores - Cerveza
Las mujeres, ¿las primeras cerveceras? Así comenzó la historia productiva de este oro líquido
Un viaje a los orígenes ancestrales de la cerveza para repensar quiénes pudieron ser sus verdaderas pioneras
Si pensamos en la imagen más estereotipada del maestro cervecero, probablemente nos venga a la mente la de un hombre corpulento y barbudo. Como mucho, si retrocedemos algunos siglos, la de un monje en un monasterio centroeuropeo. Sin embargo, es muy probable que quien inventara una de las bebidas más queridas y consumidas del mundo fuera una mujer, algo que no resulta tan sorprendente si consideramos que se trata de un producto directamente ligado a la agricultura, un ámbito también de origen femenino en las primeras comunidades humanas. Al fin y al cabo, mientras los hombres salían a cazar, las mujeres se ocupaban de los pequeños y rudimentarios campos, experimentando con los frutos de la tierra.
El origen de la cerveza en las primeras comunidades humanas
Cuando las comunidades humanas comenzaron a asentarse, abandonando el nomadismo por las primeras sociedades agrícolas, el cereal ocupaba el centro de la vida: alimento, reserva, moneda informal. Era solo cuestión de tiempo que se experimentara con la fermentación. Todos los ingredientes necesarios estaban allí y, por eso, muchos especialistas hablan de “descubrimiento” más que de “invención”. De hecho, una masa húmeda de grano puede fermentar sola si se deja reposar.
Análisis de recipientes hallados en territorios del actual Irán apuntan a bebidas fermentadas de cereal hace unos 7.000 años; y en el mundo sumerio hay registros de hace unos 6.000 años. Eso sí, el primer “oro líquido” era menos dorado y bastante más turbio. La cerveza, en sus versiones más primitivas, era literalmente pan líquido: harina o grano macerado y fermentado, con una proporción de agua distinta a la del pan. Otro elemento de su éxito es que a menudo era más segura que el agua estancada.

Mujeres y origen de la cerveza: una teoría con base histórica
En la mayoría de las primeras sociedades agrícolas, la molienda, la preparación de alimentos y la gestión doméstica recaían sobre las mujeres. Eso no prueba que fueran las primeras cerveceras, pero sí hace verosímil la hipótesis. De hecho, las mujeres eran quienes más oportunidades tenían de observar, repetir, corregir y perfeccionar la fermentación. No extraña que tantas patronas cerveceras sean femeninas: la bebida nace del grano y del agua, y se asocia al ciclo de la vida.
Desde el punto de vista histórico y cultural, tenemos algunas pistas. La mitología sumeria habla de Ninkasi, diosa cuyo nombre significa “señora que prepara la cerveza”. En el Código de Hammurabi (hacia 1700 a.C.) aparecen regulaciones sobre la cerveza y sanciones por adulterarla o venderla sin autorización. ¿A quién se vigilaba y castigaba especialmente? A mujeres implicadas en su venta y gestión.
En Egipto, los hallazgos arqueológicos y representaciones muestran a mujeres trabajando el cereal para producir zithum, una especie de protocerveza que se endulzaba con miel y se rebajaba con agua, protagonista en celebraciones religiosas. Al principio, en Roma la cerveza se asociaba a usos cosméticos “de mujeres”. Plinio el Viejo y otros autores mencionan su consumo como bebida en provincias (Hispania, Galia, Germania, Egipto), mientras en “casa” reinaba el vino. No obstante, con el tiempo el imperio más cosmopolita de la historia empezó a mezclar costumbres y a Ceres, diosa de la agricultura, se consagró la cervisia, término del que deriva la “cerveza” española.
De tarea cotidiana a producto con valor social y simbólico
Durante siglos, la cerveza representó un motor para la economía de proximidad. En Europa, muchas mujeres la elaboraban para el hogar y vendían el excedente. La idea del “negocio cervecero” nace en vecindarios, ferias y tabernas improvisadas. La historia de la cerveza está llena de figuras femeninas fundamentales. Es el caso, por ejemplo, de Hildegard von Bingen, la monja alemana que en torno al 1100 sistematizó el uso del lúpulo, descubriendo que no solo aromatiza, también conserva. Su observación permitió que la cerveza durara más y viajara mejor, empujando el desarrollo de centros cerveceros y del comercio.
A medida que el negocio crecía, crecían también los apetitos por controlarlo. Se cuenta que en ciertas zonas se anunciaba la disponibilidad de la cerveza colocando una escoba en la puerta de casa. Dentro, un gato vigilaba el grano de los ratones, mientras el caldero burbujeaba. Estaban todos los elementos para empezar a asociar la producción casera y femenina con la brujería. En la Edad Media, entre moral religiosa, misoginia y oportunismo económico, a muchas mujeres se las apartó del oficio con esta acusación. La antigua tarea doméstica y comunitaria ya se había convertido en actividad rentable, provocando un cambio de función.
Nuevas miradas sobre el origen de la cerveza
No obstante, en Inglaterra, entre los siglos XVIII y XIX, una proporción altísima de licencias de producción seguía estando en manos femeninas (aunque a menudo necesitaran respaldo masculino para obtenerlas). A partir de la llegada de la industrialización, capital, maquinaria, redes comerciales y relato público pasaron definitivamente a manos de hombres, consolidando una narrativa que invisibilizó contribuciones anteriores.
Hoy asistimos a un crecimiento de la presencia femenina en la cerveza artesanal, en la formación, en concursos, en colectivos de productoras. Lejos de ser una moda o una tendencia, es el retorno a los orígenes con herramientas nuevas. Como si la cultura cervecera recordara algo que había guardado en un cajón. De hecho, admitir que la cerveza no nació “en la fábrica” (ni en el monasterio, aunque los monasterios después la perfeccionaran), sino en la vida diaria y doméstica, permite ampliar sus horizontes futuros.
La historia de la cerveza es más larga y colectiva de lo que suele contarse. No existen inventores o lugares definitivos, pero sí hay un hilo bastante coherente que conecta grano, hogar, comunidad y trabajo femenino. Lo mejor que podemos hacer con una bebida nacida del tiempo es levantar el vaso y brindar por todas esas manos invisibles que, sin saberlo, participaron en uno de los inventos culturales más persistentes del mundo.
Imágenes I Unsplash, iStock
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