Acudes a la sala para ver un concierto. Tomas asiento. Poco a poco, el murmullo de los asistentes se desvanece mientras la iluminación se atenúa hasta dejar el patio de butacas en total oscuridad.
Por Alhambra Global
El telón se eleva, se hace un silencio sepulcral y la magia comienza. Nos parece el orden natural de las cosas, ¿verdad? Pues resulta que la costumbre de apagar las luces para disfrutar de un espectáculo tiene poco más de un siglo. Y se la debemos a un genio absoluto (y un tanto obsesivo): Richard Wagner.
Para entender la enorme revolución que provocó Wagner, en primer lugar debemos regresar en el tiempo a la ópera de los siglos XVII y XVIII. Si entrásemos en un teatro en aquella época nos encontraríamos una escena más similar a un animado salón de fiestas que a un templo de la cultura.
En aquella época ir al teatro era, ante todo, un evento social. Las luces de la sala, inicialmente grandes lámparas de velas y más tarde de gas, permanecían encendidas durante toda la función. ¿El motivo? La alta sociedad asistía para dejarse ver, cotillear y lucir sus mejores galas. En los palcos se comía, se jugaba a las cartas, se cerraban acuerdos de negocios y se charlaba sin pudor mientras, de fondo, la orquesta tocaba y alguien cantaba en el escenario. La música era, básicamente, un accesorio. Una excusa que adornaba la vida social.

Pero entonces irrumpió en escena Richard Wagner (Leipzig, 1813). Wagner no sólo era sólo un compositor brillante. Era un pensador romántico que buscaba revolucionar la historia del arte. Sus obras, cuyos libretos escribía él mismo, contenían profundas reflexiones sobre el poder, el amor, la justicia y la fe.
En primer lugar, desterró la idea de ofrecer números musicales separados y propuso instaurar la obra dramática unitaria. Para él, la música, la poesía, la arquitectura y la pintura no podían ser piezas aisladas. Debían fundirse en lo que bautizó como Gesamtkunstwerk, la "obra de arte total". Wagner concebía sus creaciones como un acto solemne, afirmando que "la obra de arte es religión representada en vivo". Y, lógicamente, uno no se pone a jugar a las cartas o a gritarle al vecino de palco en medio de un rito inmersivo. Había que aniquilar las distracciones.
Como ningún teatro de la época cumplía con sus milimétricas exigencias, Wagner decidió que la única solución era construir el suyo propio. Tras muchos esfuerzos y con el apoyo económico de su gran admirador, el rey Luis II de Baviera (el mismo monarca que construiría el Castillo de Neuschwanstein para que el compositor viviera en él), inauguró en 1876 el célebre Festspielhaus de Bayreuth. Fue en aquel teatro, alejado del ruido de las grandes ciudades, donde cambió las reglas del juego.

Wagner fue el primero en apagar las luces de la sala durante una representación. Al dejar al público sumido en las sombras, obligó a todos los asistentes a centrar sus miradas única y exclusivamente en el escenario iluminado. Ya no importaba quién se sentaba en el palco de al lado ni qué vestido llevaba. Lo único relevante, lo único apreciable, era la historia que se estaba desarrollando frente a ellos.
Lo más curioso es que todo nació, en parte, de un fallo técnico. Durante la primera función del ‘Anillo del Nibelungo’, en 1876, las luces de gas del auditorio no estaban bien reguladas y fallaron. Wagner escribió después que, cuando sobrevino la avería, la sala quedó totalmente a oscuras de manera imprevista. Él buscaba una penumbra intensa, sí, pero el resultado se le fue de las manos y el público quedó sumido en una oscuridad mayor de lo planeado. Y aquello le encantó.
Antes de Bayreuth se habían dado algunas experiencias de oscurecimiento parcial con las luces atenuadas a media intensidad. Lo que hizo Wagner tras la revelación provocada por aquel error técnico fue abrazar la oscuridad total, llevar esa intuición al centro de su proyecto estético y convertirla en canon.
Pero apagar las luces no fue su único truco de magia. Wagner se dio cuenta de que ver al director de orquesta moviendo frenéticamente la batuta o a los violinistas agitando sus arcos distraía al público y rompía por completo la ilusión teatral. ¿Su brillante solución? Hundió a la orquesta en un foso profundo, escondiéndola parcialmente debajo del escenario en un espacio que denominó poéticamente como el "abismo místico" (Mystischer Abgrund).
Esta decisión no solo eliminó el ruido visual de los músicos. También generó un sonido envolvente y misterioso. La música parecía no tener un origen físico, simplemente emanaba y lo envolvía todo. Además, rediseñó el patio de butacas dándole forma de anfiteatro griego. Todos los asientos miraban directamente hacia el escenario, eliminando los palcos laterales y jerárquicos que fomentaban el cotilleo. En Bayreuth todos eran iguales ante el arte.

La revolución wagneriana nos enseñó a ser espectadores. Acabó con la superficialidad en las salas de conciertos y nos regaló la capacidad de sumergirnos de lleno en una obra, permitiendo que la música y la escena nos atraviesen sin interferencias.
Hoy en día, cada vez que vas a un concierto o al teatro y las luces se apagan para indicarte que ha llegado la hora de desconectar del mundo exterior, estás participando en el ritual que diseñó aquel visionario hace más de un siglo. La próxima vez que experimentes ese momento de silencio en la oscuridad, disfrútalo con calma y recuerda que todo se lo debes a la obsesión artística de Richard Wagner.
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