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El ‘efecto frisson’: por qué algunas canciones nos erizan la piel El ‘efecto frisson’: por qué algunas canciones nos erizan la piel

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El ‘efecto frisson’: por qué algunas canciones nos erizan la piel

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¿Alguna vez has sentido que se te eriza la piel mientras escuchas esa melodía 100% emocional o el quiebro inesperado de una voz? Ni eres excepcionalmente sensible ni tu cerebro se ha desconfigurado. Sólo acabas de experimentar el ‘efecto frisson’.

Por Alhambra Global

En francés, ‘frisson’ significa, literalmente, ‘estremecimiento’. En neurociencia, es la respuesta psicofisiológica ante un estímulo gratificante que se manifiesta a través de la piloerección (efectivamente, los pelos de punta) y una sensación de bienestar que nos da la impresión de rozar lo místico. Un momento fuera de lo común en el que el tiempo parece detenerse y sólo existís tú y la música.

Mujer saltando.

Para entender el porqué de esta curiosa reacción corporal hay que mirar hacia atrás, concretamente hasta la época de nuestros ancestros. Originalmente, la piel de gallina era un mecanismo de defensa. Ante el frío o frente a una amenaza, el vello se levantaba para crear una capa de aire aislante o para hacernos parecer más grandes frente a un depredador.

Entonces, ¿por qué nos ocurre con una canción de Queen o con una obra de Satie? La ciencia sugiere que la música ‘engaña’ a nuestro sistema nervioso. Cuando nos enfrentamos a un sonido inesperado, como un cambio armónico brusco, una modulación o una entrada vocal potente, nuestro cerebro responde inicialmente con una señal de alerta. El sistema límbico reacciona, pero en milisegundos, la corteza cerebral detecta que no hay peligro: es tan solo arte hackeando nuestro cerebro.

Dos mujeres expresando felicidad.

En ese instante, se produce una pequeña explosión de dopamina en el estriado, el centro de recompensa del cerebro. El impacto inicial se transforma en una oleada de placer intenso. Es, técnicamente, una ‘falsa alarma’ deliciosa.

No todas las canciones cuentan con ese ‘ingrediente secreto’. Los investigadores de la Eastern Washington University descubrieron que quienes experimentan esta sensación con más frecuencia poseen una estructura cerebral con más conexiones entre la corteza auditiva y las áreas que procesan las emociones.

Generalmente, el ‘efecto frisson’ aparece ante, por ejemplo, los crescendos inesperados. Cuando el volumen aumenta gradualmente hasta estallar. También ante las entradas vocales humanas que transmiten vulnerabilidad, como un falsete o un susurro. Igualmente surge frente a las denominadas ‘appoggiaturas’, esas notas que ‘chocan’ ligeramente con la armonía principal creando una tensión emocional que se resuelve casi inmediatamente. Los violines y cellos, al evocar la frecuencia del llanto o el grito humano, pulsan asimismo nuestras fibras evolutivas más profundas.

Los ejemplos más comunes de canciones que disparan el ‘efecto frisson’ incluyen ‘Bohemian Rhapsody’ de Queen por sus cambios inesperados de ritmo, ‘Fix You’ de Coldplay por su escalada emocional, o la versión de Jeff Buckley de ‘Hallelujah’ por el majestuoso control de la voz y los silencios.

En cuanto a las piezas clásicas, lo encontramos en el ‘Lacrimosa’ de Mozart, el ‘Adagio para cuerdas’ de Samuel Barber, en el trágico violín de ‘Schindler’s List’ de John Williams o el ‘Nessun Dorma’ de Puccini interpretado por Luciano Pavarotti, capaz de erizar el vello hasta de quien no sabe nada de ópera.

El brazo de un hombre con los pelos de punta.

Es probable que también hayas oído hablar del ‘síndrome de Stendhal’. Ese mareo, vértigo, taquicardia y confusión que sienten algunas personas ante una abrumadora presencia de belleza artística. También es conocido como ‘mal del viajero’ debido a que muchos turistas que visitaban Florencia mostraban estos síntomas ante la enorme cantidad de obras maestras que se exhiben en la ciudad.

¿Existe algún nexo entre Stendhal y frisson? Absolutamente. Ambos son manifestaciones de una hiperconectividad emocional. Mientras que el efecto frisson es una chispa momentánea, el síndrome de Stendhal va mucho más allá: es un incendio emocional completo.

Un hombre observa el sol con los brazos abiertos.

Ambos demuestran que el ser humano no se limita a consumir arte, sino que lo vive hasta lo más profundo. Es la prueba de que nuestro cerebro apenas establece distinciones entre el impacto de la belleza estética y la supervivencia biológica: para nosotros, la música es casi tan necesaria como el aire.

Curiosamente, no todo el mundo experimenta el ‘frisson’. De hecho, se estima que únicamente entre el 55 y el 70% de la población lo ha sentido en alguna ocasión. Los estudios indican que las personas que puntúan alto en el rasgo de personalidad llamado ‘apertura a la experiencia’ son las que más lo aprecian.

Hablamos de personas con una imaginación activa, que aprecian la naturaleza, curiosas y, sobre todo, dotadas de la capacidad de sumergirse profundamente en lo que están haciendo. Se trata, en esencia, de la capacidad de dejarse llevar.

Para que el ‘efecto frisson’ suceda no basta con oír. Hay que escuchar. Requiere que estemos presentes. Que cerremos los ojos, respiremos y dejemos que las ondas sonoras hagan su trabajo físico sobre nuestras células. Porque a veces la ciencia más compleja se resume en un simple cosquilleo que nos recorre la piel y nos pone los pelos de punta.


IMÁGENES | UNSPLASH / PIXABAY

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