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La noche en la que un DJ pinchó junto a su clon de IA La noche en la que un DJ pinchó junto a su clon de IA

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La noche en la que un DJ pinchó junto a su clon de IA

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Es probable que no esperases encontrar aquí un texto sobre techno, pero la historia resulta tan sorprendente que estamos convencidos de que te gustará.

Por Alhambra Global

El DJ holandés Reinier Zonneveld, uno de los referentes actuales del género, lleva seis años entrenando una copia digital de su propio cerebro musical. El resultado, bautizado , ha compartido cabina con él en Ámsterdam y Barcelona. Este es el relato de un experimento que empezó como una protesta contra el robo de datos artísticos y que ha terminado convertido en uno de los espectáculos más impactantes de la escena electrónica.

Son las once de la noche del 15 de agosto de 2026 en Spaarnwoude, un parque a las afueras de Ámsterdam. Allí se alza una estructura de 40 metros de ancho realizada con pantallas transparentes. Casi 16.000 personas observan el centro de esta figura, donde un hombre machaca una legendaria caja de ritmos Roland TR-909 con la misma cara de concentración que pondría resolviendo una ecuación diferencial. A su lado, proyectada sobre capas de luz, hay otra versión de él. Se mueve como él, reacciona a lo que él toca, y en cuestión de segundos empieza a crear algo nuevo y desconocido. El público lleva tres años intentando entender dónde termina el Reinier de carne y hueso y dónde empieza el otro. La respuesta corta es que, a estas alturas, nadie lo tiene del todo claro.

Luz verde sobre una controladora.

Ese ‘otro’ se llama , y no es un efectismo de escenario ni un vídeo pregrabado disfrazado de directo. Es un modelo de inteligencia artificial entrenado exclusivamente con la música de Reinier Zonneveld. El DJ, productor, pianista de formación clásica y licenciado en econometría observa cómo su clon de IA escucha lo que él está creando, genera una continuación propia en tiempo real y acciona físicamente sintetizadores y cajas de ritmos a través de robots. Nadie antes ha desarrollado un proyecto semejante a esta escala.

Para entender por qué todo esto resulta tan sorprendente hay que entender primero qué es un B2B, la abreviatura de back to back que cualquier fan del techno reconoce al instante. Es el formato en el que dos DJs se turnan en la cabina, leyéndose el uno al otro, retándose un poco y complementándose otro poco. Es una de las tradiciones más antiguas y humanas de la cultura de club: dos egos, dos gustos musicales, una sola controladora. Zonneveld ha tomado este ritual como punto de partida y ha sustituido al segundo humano. En su lugar ha empleado una red neuronal que lleva media vida escuchándole y que ahora le devuelve el favor improvisando junto a él, en directo, frente a miles de personas.

Despojado de la jerga técnica, el funcionamiento es más o menos el siguiente: Zonneveld lanza una frase, un patrón rítmico o una melodía sobre su equipo. En un momento dado ‘activa’ a R² desde un panel de control, y el modelo escucha ese fragmento como referencia. A partir de ahí, no clona lo que ha oído: continúa la idea a su manera, decidiendo en qué dirección avanzar. El propio Zonneveld ha explicado que ni él mismo sabe hacia dónde va a apuntar la máquina. Sólo conoce el punto de arranque porque lo marca él. Esa incertidumbre, lejos de asustarle, es lo que más le divierte. Dice experimentar la misma sensación de no saber qué va a hacer un compañero de B2B humano.

Un DJ en plena sesión.

Lo que separa esto de un simple plugin generativo es que la salida de R² no se queda dentro del ordenador. El modelo genera datos MIDI -el lenguaje universal con el que los instrumentos electrónicos hablan entre sí- que se envían de vuelta al hardware físico del escenario: una Roland TR-909, una SH-101, una TB-303 y un Moog Sub 37. La misma artillería analógica vintage con la que lleva más de una década construyendo su sonido. Y aquí llega la parte más de ciencia ficción: muchas de esas notas no suenan por altavoces sin más, sino que son ejecutadas físicamente por un grupo de robots construidos a medida, equipados con pequeños martillos que golpean teclas y controles reales.

Todo el sistema de IA vive en un superordenador colocado al fondo del escenario y que, durante la primera edición del proyecto, estuvo a punto de fundirse por el calor. Desde entonces viaja con su propio equipo de aire acondicionado, como una rockstar. Sólo que, en este caso, la rockstar es 100% digital.

R² no nació como un truco de marketing sino como un acto de protesta. Zonneveld empezó a curiosear con el aprendizaje automático en 2019, cuando la inteligencia artificial aplicada a la música era todavía un territorio prácticamente inhóspito. La chispa que lo subió de nivel llegó poco después, cuando empezaron a proliferar plataformas y modelos entrenados con material protegido por derechos de autor sin que sus creadores originales vieran un euro a cambio. Zonneveld decidió hacer justo lo contrario. Si iba a entrenar una IA, lo haría con el único conocimiento para el que tenía permiso absoluto: el suyo propio.

Sesión de DJ.

Con la ayuda de un programador de confianza, al que suele referirse como Cas, empezó a alimentar el modelo a partir de su archivo personal: más de 2.000 horas de música y grabaciones de más de 1.000 actuaciones en directo repartidas a lo largo de quince años de carrera. Literalmente, el catálogo de un obsesivo. Zonneveld graba absolutamente todo lo que hace, incluso las ideas que no le convencen, lo cual le ha proporcionado una mina de datos de entrenamiento inigualable.

Su equipo terminó construyendo no uno, sino tres modelos distintos: el primero genera sonidos de forma más o menos aleatoria, el segundo se puede dirigir hacia un estilo o un tempo concreto, y el tercero -el que realmente ‘sube’ al escenario- analiza lo que Zonneveld está tocando y lo usa como semilla para su propia improvisación.

El debut, en el verano de 2024, fue toda una lección de humildad tecnológica. El público, sencillamente, no sabía qué estaba pasando en el escenario: el sistema funcionaba tan bien integrado con su forma de actuar que resultaba imposible distinguir la parte humana de la artificial. Aquello generaba más confusión que asombro. Un año después, decidió añadir un cuerpo material a lo invisible.

Ante 20.000 personas, durante la segunda edición de su propio festival, bautizado como R² Festival, la IA dejó de ser una simple pista de audio y se convirtió en un holograma que aparecía sobre el escenario. Aquello le aportó cara y silueta al compañero. Ese mismo año sumó también un robot capaz de accionar físicamente los sintetizadores, solventando además un problema muy poco glamuroso: la vibración de un recinto gigantesco con música a todo volumen desajustaba la mecánica de precisión.

Creatividad digital.

La edición de 2026, la tercera, fue directamente una declaración de intenciones. Zonneveld y su equipo llevaban tres años trabajando en un escenario diseñado específicamente para el proyecto, con pantallas semitransparentes por las que proyectar visuales en 3D sincronizados en tiempo real. Cuando R² entra en acción, el diseño lumínico se lo hace saber al público sin necesidad de anunciarlo por megafonía. Es el show más completo que ha desarrollado hasta la fecha.

Entender a R² exige comprender también a su creador, porque hay poca gente en el techno con un currículum tan impactante. Zonneveld es hijo de un panadero de Alphen aan den Rijn, un pequeño pueblo holandés, y descubrió el piano a los tres años. Demostró tanto talento que a los dieciséis fue admitido en el conservatorio. Sin embargo, por miedo a no poder vivir de la música, decidió estudiar econometría -la disciplina que aplica las matemáticas y la estadística al análisis económico- antes de terminar, contra todo pronóstico, convertido en una de las figuras más extremas del techno europeo.

Neón de IA.

No es difícil imaginar al estudiante de econometría sonriendo al bautizar su proyecto de inteligencia artificial R². En esta disciplina, R al cuadrado es precisamente el nombre del coeficiente que mide cuánto se ajusta un modelo estadístico a los datos reales. Ya sea o no un guiño deliberado, la coincidencia es demasiado buena como para no mencionarla.

Zonneveld dirige su propio sello, Filth on Acid. Cuando le preguntan por sus referentes cita a Kraftwerk, Richie Hawtin, Carl Cox y a Speedy J. Una lista que evidencia que su obsesión, además de hacer bailar, pasa por llevar al límite lo que puede hacerse técnicamente sobre un escenario.

Nada de esto ha surgido de la nada. El propio techno, de hecho, lleva coqueteando con la estética de los automatismos desde mucho antes de que existiera el aprendizaje profundo: Kraftwerk, lleva décadas subiendo maniquíes y robots animatrónicos al escenario en su lugar. Y el sello Warp Records, de Speedy J, bautizó en los años 90 toda una serie de discos de música electrónica experimental como ‘Artificial Intelligence’.

El precedente más literal llegó en 2013, cuando el productor británico Squarepusher se asoció con Z-Machines, una banda de robots japoneses construida por el ingeniero Kenjiro Matsuo y dirigida por el artista Daito Manabe: un guitarrista con 78 dedos capaz de tocar por encima de las 1.000 pulsaciones por minuto, un batería con 22 brazos y un teclista con aspecto de forma de vida futura. El EP resultante de aquella colaboración, ‘Music for Robots’, planteaba exactamente la misma duda que R²: si la música necesita realmente del factor humano para resultar emocionante.

Artificial Intelligence en una máquina de escribir.

En el terreno vocal, la figura de referencia es Holly Herndon, compositora y doctora en música por Stanford. En 2019 presentó a Spawn, una red neuronal ‘cantante’ entrenada con su propia voz. En 2021 fue un paso más allá con Holly+, un ‘gemelo digital’ capaz de cantar cualquier grabación con un timbre perfecto.

En 2023, David Guetta se hizo viral tras recrear con inteligencia artificial la voz de Eminem y rebautizarla como ‘Emin-AI-em’. La lanzó en pleno directo sin permiso del rapero, lo que le obligó después a aclarar públicamente que jamás la publicaría de forma comercial. Dos años más tarde, en el verano de 2025, la industria vivió un episodio todavía más incómodo con The Velvet Sundown, una banda de rock psicodélico que amasó más de un millón y medio de oyentes mensuales en Spotify antes de que se destapara que ni sus integrantes ni sus fotos ni buena parte de sus canciones eran reales. Todo, incluida la biografía del grupo, había sido generado con herramientas de IA y aquel episodio terminó forzando a Spotify a actualizar su política de transparencia sobre música generada con inteligencia artificial.

Frente a estos dos últimos casos, el proyecto de Zonneveld destaca por lo contrario: transparencia total desde el primer cartel, y una fuente de datos de entrenamiento sobre la que nadie puede reclamar nada, porque es enteramente suya.

Y en este punto es donde la historia se pone verdaderamente interesante, porque el hombre que ha construido el experimento de inteligencia artificial más ambicioso de la música electrónica actual no es, ni de lejos, un evangelista incondicional de la tecnología. En una entrevista llegó a calificar la inteligencia artificial de “bastante torpe”, y advirtió de que, si no se regula a tiempo, el resultado podría acabar siendo un despropósito para el sector creativo.

DJ a los mandos de una controladora.

No es la primera vez que insiste en esa idea. En distintas ocasiones ha asegurado que una IA entrenada exclusivamente con datos generados por otra IA pierde calidad de forma inevitable, lo cual, para él, demuestra que la creatividad humana sigue siendo insustituible.

Zonneveld colabora desde hace tiempo con BumaStemra -el equivalente holandés a la SGAE española- para impulsar una legislación clara sobre inteligencia artificial en la música, y ha participado en conversaciones con la Comisión Europea orientadas a proteger a los creadores cuyo trabajo alimenta, con o sin permiso, a los modelos que ahora invaden Spotify y YouTube. Su argumento es sencillo y bastante difícil de rebatir: sin datos de entrenamiento, una IA no vale absolutamente nada, así que quienes generan esos datos -artistas, productores y sellos- deberían cobrar por ello igual que cualquier otro proveedor.

De vuelta en Spaarnwoude, dos siluetas libran diferentes batallas sobre el escenario. La primera no se cansa, no titubea, no puede fallar. La otra sí. Zonneveld suda, arriesga, se juega el tipo en cada decisión y en ese margen minúsculo entre el acierto y el error late una emoción que ningún modelo puede replicar. Mientras esto sea así, seguirá mereciendo la pena verle actuar. No por contemplar a la máquina perfecta, sino por ver al hombre capaz de fallar y salir vivo de ello.


IMÁGENES | UNSPLASH

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