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Por qué Anthony Bourdain sigue marcando nuestra forma de viajar y comer
Ocho años después de su muerte, el estreno de “Tony” recuerda cómo el chef convirtió platos cotidianos, cocinas y conversaciones inesperadas en otra manera de descubrir el mundo
En mayo de 2016, Barack Obama se sentó en un taburete de plástico azul en un pequeño restaurante de Hanói. Frente a él, Anthony Bourdain le explicó cómo comer bún chả, una combinación de cerdo a la parrilla, fideos de arroz y hierbas frescas que se acompañan con una salsa para mojar. Bebieron cerveza, hablaron de Vietnam y de política internacional y compartieron una cuenta de unos seis dólares, que pagó el cocinero. La escena, emitida meses después en Parts Unknown, se convirtió en una de las más recordadas de la televisión gastronómica.
Ocho años después de su muerte, Bourdain sigue siendo una referencia para viajeros, cocineros y espectadores que han descubierto sus programas a través de internet. Los episodios circulan junto a fotografías, entrevistas y fragmentos de sus libros, mientras su imagen se ha convertido en un icono reconocible incluso para quienes apenas conocen su trayectoria. El próximo 26 de octubre llegará a Prime Video en España Tony, la película biográfica dirigida por Matt Johnson que relata al hombre que existía antes de esa celebridad.
Interpretado por Dominic Sessa, el Bourdain de la película es un joven de diecinueve años que llega a Provincetown, en Massachusetts, durante el verano de 1975 y comienza a trabajar en la cocina de un restaurante. Allí descubre las jerarquías, la camaradería y los excesos de un oficio que terminará definiendo su vida. La historia se inspira libremente en los primeros capítulos de Kitchen Confidential, el libro con el que alcanzó la fama en 2000, cuando ya llevaba dos décadas trabajando entre fogones.

Lo que aprendió al otro lado de la cocina
Un año antes de publicar aquel libro, Bourdain había escrito para The New Yorker un artículo titulado Don't Eat Before Reading This, donde describía lo que sucedía detrás de las puertas de los restaurantes neoyorquinos. Hablaba de jornadas interminables, alimentos aprovechados al límite, cocineros sometidos a una presión constante y brigadas formadas por inmigrantes de numerosos países.
Sin embargo, la curiosidad por la comida y todo el mundo que gira a su alrededor había empezado mucho antes. En Kitchen Confidential recordaba la primera ostra que probó de niño durante unas vacaciones familiares en la bahía francesa de Arcachon. Un pescador la sacó directamente del agua y él se ofreció a comerla, pese al recelo de los adultos. Ese deseo de experimentar acabaría guiando toda su vida personal y profesional.
A partir de 2002, con A Cook's Tour, Bourdain empezó a recorrer el mundo para la televisión. Después llegarían No Reservations y Parts Unknown, programas en los que visitaba mercados, cocinas domésticas, restaurantes populares y establecimientos de alta gastronomía. Podía entusiasmarse con un plato callejero vietnamita y dedicar la misma atención a las grandes recetas de Paul Bocuse, con quien compartió mesa durante un viaje a Lyon. Le interesaban las recetas, su procedencia, las personas que las preparaban y las circunstancias en las que se comían.
Con el tiempo, sus programas incorporaron cada vez más cuestiones sociales y políticas. Los viajes lo llevaban a territorios marcados por conflictos, desigualdades y tensiones culturales que formaban parte de las conversaciones alrededor de la mesa. Se encontró en Libia tras la revuelta contra Gadafi comiendo pollo frito y hablando con guerrilleros de lo que significaba vivir después de la caída del régimen. Su experiencia como cocinero le daba acceso a un lenguaje universal que podía abrirle puertas en todo el mundo y a cualquier nivel.

Viajar con curiosidad y dejar espacio al azar
En 2018, uno de los episodios de Parts Unknown transcurrió en Virginia Occidental, una región estadounidense marcada por el declive de la minería del carbón. Bourdain compartió comidas con sus habitantes, probó especialidades locales como la salsa de ardilla y conversó sobre Donald Trump, las armas, el desempleo y las dificultades de permanecer en comunidades que perdían población. Escuchó opiniones alejadas de las suyas y permitió que sus anfitriones explicaran cómo veían su propio territorio.
En otro de sus últimos viajes, Bourdain recorrió Asturias acompañado por José Andrés, que regresaba a su tierra natal. Juntos comieron fabada en la montaña, probaron percebes, visitaron productores de queso Cabrales y compartieron sidra con vecinos de la región. Las conversaciones mostraban el vínculo entre la gastronomía, el trabajo de quienes producen los alimentos y las costumbres locales. Fue uno de los últimos viajes que grabó antes de morir y el episodio se emitió póstumo.
Su influencia hoy se reconoce en una forma de viajar, y de contarlo, que concede valor al tiempo sin programar. En una entrevista explicó que prefería a quienes llegaban a París y encontraban su propio camino, abiertos a las equivocaciones y a los encuentros imprevistos. Consideraba que los errores podían proporcionar algunas de las experiencias más interesantes de un viaje, siempre que el viajero estuviera dispuesto a modificar sus planes.
Aquella actitud conserva su atractivo en una época en la que los restaurantes y las experiencias se eligen a menudo mediante recomendaciones digitales, valoraciones y vídeos breves. Bourdain también buscaba lugares concretos y trabajaba con equipos que preparaban cuidadosamente sus recorridos, aunque en pantalla dejaba espacio a lo inesperado y una conversación podía desviarse ocupando más tiempo que el plato que había motivado la visita.
La admiración posterior a su muerte ha favorecido cierta idealización. Las redes han convertido su rostro y sus frases en símbolos de una vida aventurera, mientras circulan consejos que nunca llegó a pronunciar, transformándolo en una especie de gurú. Tony recupera algunas de las contradicciones que esa imagen deja fuera: la inseguridad, la arrogancia juvenil, los fracasos y la influencia de quienes lo rodearon. La película vuelve a los años en los que Bourdain fregaba platos en un pequeño restaurante y aprendía de los cocineros que trabajaban a su lado, mucho antes de convertirse en una celebridad internacional.
Imagenes I Flickr
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