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Pitágoras y el monocordio: el origen de la armonía musical Pitágoras y el monocordio: el origen de la armonía musical

Música

Pitágoras y el monocordio: el origen de la armonía musical

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Nos encontramos a mediados del siglo VI AC en Crotona, Italia. Según la leyenda, después de haber viajado por Egipto, Babilonia e India acumulando conocimiento, el estudioso griego Pitágoras de Samos había establecido allí una escuela con la que aspiraba a desentrañar los secretos del universo.

Por Cervezas Alhambra

Cierto día, caminando por la ciudad, se acercó a una fragua. Los viandantes evitaban aproximarse a este lugar porque el repiqueteo incesante de los martillos resultaba ensordecedor, pero el amante de los números se detuvo, escuchó y observó. Entró en el establecimiento y, poco después, el ruido cesó. Pitágoras comenzó a probar los cinco martillos que allí se hallaban, uno a uno, y pronto se dio cuenta de que el sonido que emitían variaba en función de su peso. Aquella conclusión, algo que hoy podría parecernos evidente pero que nadie había alcanzado hasta aquel instante, le llevó, directamente, a descubrir la armonía y las tonalidades. Por increíble que parezca, que el do suene a do y que el resto de las notas musicales tengan su propia identidad, se lo debemos a este insigne matemático y al axioma que le acompañó durante toda su existencia: “todo es número”.

Regresó a casa y comenzó a darle vueltas a la creación de un curioso instrumento. En ese instante, Pitágoras inventó el monocordio. Pero, ¿qué es el monocordio? Una sencilla tabla con dos soportes en los extremos y una cuerda que, sustentada sobre dichos soportes para evitar que contactara con la base, la cruzaba en sentido horizontal. Colgó distintos pesos en los extremos y fue probando diferentes tensiones. Pulsó la cuerda en un mismo punto, pero con diversas cargas, y constató que obtenía vibraciones dispares: más agudas con más tensión y más graves con menos peso. También se dio cuenta de que, si acortaba la longitud de la cuerda a exactamente la mitad, obtenía la mista nota, pero más aguda.

La idea de crear secciones de cuerda cada vez más pequeñas le sedujo. Tras realizar muchas pruebas, acabó dividiendo la cuerda de su monocordio en doce partes y buscó los intervalos que, al ser pulsados, emitían sonidos más agradables o, expresado de otra manera, armónicos. Así, se dio cuenta de que, partiendo la longitud en tramos regulares y proporcionales a doce, obtenía notas placenteras al oído. No pasó demasiado tiempo hasta que identificó los ocho sonidos básicos que componen la escala musical y, a partir de ahí, constató la mecánica de las octavas. Había descubierto el origen de la armonía musical y su vínculo secreto con las matemáticas, confirmando al mismo tiempo su leitmotiv vital: “todo es número”.

Pitágoras había descubierto qué era la armonía: el marco sobre el cual se eligen unas notas en lugar de otras para que el sonido resulte más agradable. A grandes rasgos, existen dos grandes tipos de armonía: la modal y la tonal. La primera se refiere al orden de las notas dentro de un acorde o partitura mientras que la segunda alude, como su nombre indica, a la tonalidad general de la obra. Toda esta información le llevó a ampliar su campo de acción. Pensó que, al igual que existía una relación entre la armonía y los números, debía existir un vínculo similar entre las órbitas de los planetas, que, debido a sus enormes dimensiones, debían generar algún sonido al moverse. A partir de ahí surgió el concepto de “la música de las esferas”, una idea que inspiró durante siglos a los astrónomos. De acuerdo con esta corriente de pensamiento, los astros emitían una melodía eterna, inmortal y perfecta, y que existe cierta correspondencia entre los intervalos acústicos y la distancia que separa a los cuerpos celestes. En otras palabras, que la separación entre los mismos podría medirse en un tono, un semitono o en un tono y medio en función de su órbita con respecto a la Tierra. “Hay geometría en el murmullo de las cuerdas. Hay música en el espacio entre las esferas”, concluyó.

La música fue uno de los elementos claves en el desarrollo del pensamiento pitagórico global. Una vez establecidas las relaciones entre los números y los sonidos, llegó a la conclusión de que este vínculo podría emplearse como herramienta para alcanzar su meta definitiva: descubrir los secretos del universo. Prueba de ello es que Pitágoras defendió el poder curativo de la música y llegó a afirmar que ciertas melodías eran capaces de apaciguar “pasiones inapropiadas”, logrando la armonía del cuerpo y del alma.

Después de acompañar a Pitágoras en sus primigenios descubrimientos armónicos, ¿podemos concluir que su sencillo monocordio formaba parte del primer grupo de instrumentos de la historia? Ni mucho menos. El hombre ya había descubierto la música, pero no había sido capaz de comprender sus medidas ni de establecer relaciones matemáticas entre los diferentes sonidos. Existe un amplio número de artefactos mucho más antiguos capaces de emitir sonidos, pero los expertos no los catalogan como instrumentos. El primer utensilio sobre el que existe un consenso generalizado y que sí recibe tal calificación data de hace aproximadamente 50.000 años y fue descubierto en Eslovenia: hablamos de la flauta de Divje Babe, el instrumento musical más antiguo del que se tiene constancia.

Este aparato, hallado en 1995 por el arqueólogo esloveno Ivan Turk, es, en realidad, un hueso de animal tallado, concretamente el fémur de un oso de las cavernas. Presenta cuatro orificios y los musicólogos han determinado que se empleaban para tocar otras tantas notas en escala diatónica. Tras analizarlo con detalle, los historiadores han llegado a la conclusión de que los neandertales pudieron utilizarlo como una flauta, la constatación de que el hombre ha sentido la necesidad de llevar la música a su vida desde sus mismos orígenes.

IMÁGENES | UNSPLASH

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