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De Baudelaire a Joan Didion: ¿qué comían los escritores de culto? De Baudelaire a Joan Didion: ¿qué comían los escritores de culto?

Creadores - Gastronomía

De Baudelaire a Joan Didion: ¿qué comían los escritores de culto?


Cuando la literatura se cocina: qué nos dicen los platos preferidos de los grandes escritores, en sus libros y en su vida


Manuel Vázquez Montalbán y su álter ego, el detective Pepe Carvalho, sentían una obsesión casi fetichista por la cocina. Marcel Proust, en ‘En busca del tiempo perdido’, atribuye al sabor de una magdalena mojada en té el poder de evocar todo un universo de recuerdos perdidos. Son solo algunos ejemplos de cómo la comida y la literatura comparten un espacio espiritual. Un escritor se sienta a la mesa para escribir y también para comer. Igual que una frase puede condensar una época o un estado de ánimo, un plato puede decir mucho sobre quien lo prepara o lo imagina. 


Virginia Woolf escribió que no se puede pensar ni amar bien sin haber comido bien. Es decir, hay una relación evidente entre cuerpo e intelecto, entre lo que se ingiere y lo que se piensa, dice y, finalmente, escribe. Ese hilo invisible entre cocina y literatura es el que recorre ‘El libro de la mesa del escritor', de Valerie Stivers, un volumen ilustrado donde la periodista estadounidense recopila las historias de más de cincuenta autores en relación con sus hábitos alimentarios, sus recetas favoritas o los platos que poblaron sus novelas.


Según la autora, las costumbres culinarias dibujan retratos biográficos inesperados. Stivers lleva años explorando este territorio en su columna “Eat Your Words”, y aquí condensa ese trabajo con un tono cercano, reforzado por las ilustraciones de Katie Tomlinson. El lector entra así en las cocinas de escritores que van de Jane Austen a Haruki Murakami, pasando por Truman Capote o Joan Didion, y descubre que la comida puede funcionar como una clave de lectura tan precisa como cualquier símbolo.


El libro de la mesa del escritor

Los escritores y sus recetas literarias


En las novelas de Jane Austen, los menús a veces dicen más que muchas palabras. En Orgullo y prejuicio, la “white soup” que menciona el señor Bingley no es solo una sopa refinada de caldo, almendras y nata. Es una declaración de hospitalidad, un gesto que define la escena antes de que ocurra. Austen, explica Stivers, maneja estos detalles con una precisión que hoy asociaríamos a la crítica gastronómica, aunque en su época era simplemente una forma de narrar las jerarquías y los códigos de la vida cotidiana.


Más exuberante resulta el universo de Truman Capote, donde el gusto por el exceso se convierte en estilo. Su debilidad por las patatas al horno con caviar y champán resume bien una cierta idea de sofisticación neoyorquina. En el libro de Stivers aparece también el Chicken Hash que el protagonista pedía con frecuencia en el Plaza Hotel: un plato a base de pollo cremoso, rico, casi decadente. Hoy podríamos imaginar ese sabor denso acompañado de una cerveza como Alhambra Reserva Roja, cuyo cuerpo y matices tostados dialogan con esa cocina opulenta.


En el extremo opuesto, la relación de Joan Didion con la comida tiene algo de ritual doméstico y, al mismo tiempo, de puesta en escena. Empezaba el día con una Coca-Cola helada y organizaba cenas multitudinarias en las que controlaba cada detalle. Su receta de ensalada de perejil, que Stivers rescata, es engañosamente simple: perejil, aceite de oliva, parmesano, vinagre balsámico. Un plato así, ligero y equilibrado, encuentra afinidad con una cerveza más sutil, como Alhambra Reserva 1925 bien fría. 


Marrcel Proust

De amor a obsesión


Algunos autores convierten la comida en una extensión directa de su imaginario. Roald Dahl hizo del dulce un protagonista de su poética. Sus historias están llenas de chocolates y tartas imposibles, y en su vida cotidiana eso se traducía en pequeños rituales, como guardar golosinas junto a la cama. La cocina, en su caso, es juego, pero también hay escritores que utilizan la comida para construir escenas de gran intensidad simbólica. Giuseppe Tomasi di Lampedusa describe en El Gatopardo un timbal de pasta tan elaborado que termina representando la decadencia de toda una clase social.


En cambio, David Foster Wallace muestra una relación más áspera con la comida. Su dieta de café, brownies y comida rápida refleja una forma de vida acelerada, coherente con el ritmo de su escritura. En los textos de Haruki Murakami, cocinar puede convertirse en una forma de resistencia íntima. En su relato sobre el año de los espaguetis, repetir el mismo gesto una y otra vez es una manera de sostener una realidad insostenible.


El libro de Valerie Stivers recoge también episodios más excéntricos, como las “galletas de Baudelaire” asociadas a Gertrude Stein y Alice B. Toklas, o la “tarta de amor” de Charles Perrault, donde la receta incluye un anillo como ingrediente secreto. En estos casos, la cocina se mezcla con la ficción hasta volverse indistinguible. 


El libro de la mesa del escritor propone una forma distinta de acercarse a la literatura. Más allá de descubrir qué comían los autores, permite entender cómo esos gestos cotidianos dialogan con lo que escribieron. A veces, una receta explica mejor un carácter y un estilo que una biografía entera. Y es que toda gran historia, en algún momento, pasa también por la mesa.


Imágenes I DeviantArt by Monkey-Fromthebridge

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