Hay una melodía que mucha gente reconoce sin saber cómo se llama. Una guitarra sola, con las notas repetidas tan deprisa que parece que nunca se acaban, como agua que no deja de caer.
Por Alhambra Global
Se llama ‘Recuerdos de la Alhambra’. La escribió a finales del siglo XIX Francisco Tárrega, un guitarrista de Villarreal, en Castellón, después de un viaje a Granada.
¿Qué tiene ese lugar para meterse así en quien lo visita? ¿Y qué tiene para unir, todavía hoy, a quienes trabajan a cientos de kilómetros de él?
Hay dos casas que llevan la Alhambra en el nombre. Una es Cervezas Alhambra, que hace cerveza en Granada desde 1925. La otra es Alhambra Guitarras, que hace guitarras en Alicante desde 1965. No comparten dueño ni historia. Les une algo más difícil de explicar. La Alhambra lleva más de siete siglos en pie y aún no ha contado todos sus secretos. Allí el agua, la piedra y la luz parecen haberse puesto de acuerdo para que todo vaya más despacio. Viajeros, poetas y músicos han salido de ella sin saber explicar del todo qué les había pasado. Y su hechizo no necesita cercanía. Viaja lejos.
Tárrega, castellonense de Villarreal, lo convirtió en música. Unas décadas después, el mismo hechizo cruzó la Comunidad Valenciana de norte a sur y llegó a Muro de Alcoy, un pueblo alicantino con alma de ebanista. A principios de los sesenta, Francisco Martínez Clavel propuso allí a un pequeño taller algo que jamás había hecho: una guitarra clásica española. Lo dirigían Ricardo Llorens y José María Vilaplana. No eran luthiers. Eran carpinteros. Leían cada veta de la madera como una partitura. Ahora tenían que hacerla sonar. La guitarra española los contagió, y la primera caja sonó redonda.

Pero el talento no siempre basta para sostener un sueño, y las cuentas no salían. Entonces, en la Navidad de 1964, José Botella dio con el taller sin buscarlo. Le bastó ver lo que allí se hacía para apostar por él. Volvió con otros socios y en 1965 nació Manufacturas Alhambra. Aquel nombre guardaba una intención.
Ellos mismos lo explican. Alhambra evocaba la cultura española, sus raíces y los orígenes de la guitarra. Se entendía en cualquier idioma. Y apuntaba a una ciudad que entonces reunía cientos de pequeños talleres artesanos donde nacían guitarras. Tárrega se llevó la Alhambra en una melodía. Ellos se la llevaron en el nombre.
Hay otro hilo que lo une todo. Antonio de Torres, el luthier almeriense que en el siglo XIX fijó la forma de la guitarra clásica moderna, también venía de la carpintería. De su taller salieron algunas de las guitarras que tocó el autor de ‘Recuerdos de la Alhambra’. Alhambra Guitarras sigue construyendo como él, con tacón español: el mástil tiene su propio talón y la caja se levanta a su alrededor hasta formar una sola voz.

Han pasado más de sesenta años. Aquel taller es hoy una casa de más de un centenar de artesanos, y sus guitarras, bandurrias y laúdes suenan en más de setenta países. Cuando buena parte del sector se llevó la producción a Asia para abaratar costes, ellos se quedaron en Alicante. No fue solo una decisión de empresa. Fue defender un oficio vivo sin arrancarlo de su tierra. Quedarse también es decir de dónde vienes. Cervezas Alhambra lo sabe bien. Nunca ha separado lo que hace del lugar donde nació, y Granada sigue presente en todo lo que cuenta.
Pero lo que de verdad define una guitarra no se ve. Es el tiempo. Las tapas de cedro y de abeto se eligen en origen, por técnicos que viajan para ver la madera con sus propios ojos. Después, toca esperar: la madera se seca de forma natural, a su ritmo, y el barniz es ligero para no ahogar la vibración. En el taller lo resumen así: una guitarra artesanal no se construye. Se espera.
Cervezas Alhambra entiende su oficio de la misma manera. Para la marca, el tiempo es la materia prima de la creación. Y la maestría no está en correr, sino en la dedicación, en el cuidado de cada paso y en esos detalles que casi nadie ve, pero que todo el mundo nota.

Por eso en Alhambra Guitarras no se pierde el rastro de ninguna pieza. Cada guitarra tiene su biografía: de qué bosque salió el árbol, cómo se ensambló, quién la afinó. Una biografía con perfume a cedro. Y aun así hay algo que nadie puede anotar. Una guitarra nunca suena igual en dos manos distintas.
Lo saben quienes las tocan. Joaquín Sabina. Las Migas, ganadoras del Latin Grammy al mejor álbum de música flamenca en 2022. Ruth Lorenzo, Gonzalo Hermida, DePol o Mafalda Cardenal. Voces muy distintas que sacan de la misma madera algo que solo les pertenece a ellas.

El trabajo del luthier termina cuando la guitarra sale del taller. Pero antes de ser guitarra, fue árbol. Y todo árbol tiene raíz: esa parte que queda oculta y de la que nace todo lo que se ve. Con la música pasa lo mismo. Las canciones que perduran son las que saben de dónde vienen.
Esa es la música que atrae a Cervezas Alhambra, y Momentos Alhambra es el lugar donde la reúne. Canciones que llevan dentro el eco de una tierra, aunque se hayan escrito ayer. Voces que no se parecen a ninguna otra. Artistas que han pasado años puliendo su oficio, como quien lija una tapa hasta que suena, y otros que acaban de empezar y ya guardan un secreto que contar. Cada concierto se prepara como se prepara una guitarra: sin atajos y cuidando lo que nadie ve. Las luces bajan, la sala se calla y, durante un rato, nadie mira el reloj. Y allí pasa lo mismo que en la Alhambra: el tiempo se detiene y cada matiz encuentra su sitio.
Tárrega se llevó la Alhambra en una melodía. Unos carpinteros de Muro de Alcoy, en un nombre. Cervezas Alhambra la lleva consigo desde 1925. Ninguno ha conseguido explicarla del todo. Quizá porque la Alhambra nunca ha sido solo un monumento. Es una leyenda que el tiempo, en lugar de borrar, agranda. Un misterio que sigue vivo siglos después y que no deja de hechizar a quien se acerca. Y cada vez que una guitarra toca aquella melodía de Tárrega en cualquier parte del mundo, Granada queda un poco más cerca.
IMÁGENES | ALHAMBRA GUITARRAS
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