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Islandia, creatividad para romper el hielo Islandia, creatividad para romper el hielo

Música

Islandia, creatividad para romper el hielo

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Islandia, tierra de misterio, exotismo y paisajes extremos. Si consultamos la Wikipedia comprobaremos que cuenta con 103.000 kilómetros cuadrados y, según el último censo, 376.248 habitantes, lo cual arroja una densidad de 4 personas por kilómetro cuadrado, la menor de Europa.

Por Cervezas Alhambra

Pese a contar con una población similar a la de Las Palmas de Gran Canaria repartida en una extensión ligeramente superior a Andalucía, hablamos de una tierra en la que el talento parece florecer de forma descontrolada. ¿Cuál es el secreto? Sus artistas brillan en el panorama internacional de vanguardia y los cazatalentos tienen un ojo vigilando permanentemente todo cuanto sucede allí. ¿Quién no conoce algún nombre de la increíblemente prolífica y creativa escena musical islandesa? Hagamos la prueba: Björk, Sigur Rós, Kaleo, Of Monsters And Men, Gus Gus, Múm, Ólafur Arnalds... El país mima a unos creadores que, según llevan a gala subrayar cada vez que se les pregunta en una entrevista, anteponen su inquietud artística al éxito comercial. Una declaración de intenciones que les empuja a explorar nuevos caminos y que les ha llevado a cosechar logros tan sorprendentes como inventar un sistema educativo basado en la música, desarrollar nuevos instrumentos o, incluso, crear un idioma propio.

¿La fuente de tanta innovación y originalidad está en la naturaleza? Una lectura apresurada podría indicarnos que sí al ver a grupos como Kaleo, autores de temas tan exitosos como ‘Way Down We Go’ o ‘Break My Baby’ rodando sus videoclips y realizando directos impactantes en localizaciones espectaculares, como el volcán Þríhnúkagígur, las rocas de Þrídrangar o un iceberg en Fjallsárlón. ¿Secreto desvelado, entonces? Ni mucho menos. Björk, quien guarda un vínculo evidente con el entorno y la cultura islandesa y que también graba clips en volcanes, advierte de los peligros de “caer en el cliché nórdico” mientras esquiva las estrategias de marketing que ponen el acento en ese nexo de forma artificial.

Resulta frecuente leer críticas de álbumes de grupos islandeses que incluyen símiles con los volcanes, la lava o los glaciares. Un relato, el de asociar a bandas con lugares muy concretos, cuya efectividad ha sido contrastada en múltiples ocasiones: The Beatles y Liverpool, Nirvana y Seattle, Kraftwerk y Dusseldorf… Nick Prior, director de sociología en la Universidad de Edimburgo, sostiene que la idea de que la música islandesa está profundamente arraigada e inspirada en su naturaleza, paisajes y tradición es más una construcción de la prensa especializada que un reflejo de la realidad. De hecho, la propia Björk bromeaba y aseguraba en una entrevista concedida a The New Yorker con que “los ejecutivos de las discográficas vienen a Islandia preguntando a los grupos si creen en los elfos. El que responde que sí, se lleva un contrato”.

Entonces, ¿no es la naturaleza una fuente de inspiración para artistas como Björk? Por supuesto que sí, pero ni es la única ni la más importante. Cuando la artista habla del origen de sus influencias se remonta a la década de los 50, cuando Islandia se independizó de Dinamarca y llegaron las primeras corrientes musicales del exterior. Inicialmente el rock, y fundamentalmente el punk de los 70, fueron forjando una identidad sólida, con actitud, fuertemente basada en el concepto del ‘hazlo tú mismo’. En un país huérfano de distribuidoras multinacionales, las tiendas de discos independientes y los pequeños sellos comenzaron a proliferar de forma espontánea. Los artistas exteriorizaban sus sentimientos a través de la música, moldeando y haciendo suyas las tendencias que les llegaban de fuera sin ser excesivamente conscientes de que estaban construyendo algo completamente nuevo y fresco 

En el caso de Björk, esta libertad creativa le ha llevado a explorar vías de expresión complementarias a su carrera musical. En 2014 desarrolló un modelo pedagógico basado en la música: Biophilia. Centrado en el desarrollo de la imaginación y las habilidades musicales de los niños de entre 10 y 12 años, el sistema combinó una serie de herramientas digitales con las canciones de su álbum ‘Biophilia’ de 2011, facilitando el aprendizaje de aspectos musicales como las escalas o los arpegios mediante el empleo de estímulos naturales y científicos.

Con el fin de mejorar la experiencia creativa y comunicar emociones de la forma más fiel al concepto original, Björk desarrolló el Gameleste, un instrumento a medio camino entre el Gamelán, un antiguo elemento de percusión indonesio, y el celeste, un pequeño piano. Con la ayuda de un percusionista y un fabricante de órganos, hibridó ambos dispositivos y sustituyó las piezas de acero del celeste por bronce para obtener un sonido único. Además, incorporó mecanismos para que pueda ser tocado en remoto. Además del Gameleste, Björk fue pionera en el uso de un instrumento tan innovador como el Reactable, una mesa digital e interactiva que genera sonidos agrupando elementos, y ha experimentado con el Sharpsichord, una especie de arpa acústica superevolucionada que ofrece al músico la posibilidad de jugar con hasta 46 notas.

Por su parte, el trío Sigur Rós se adentró casi por azar en los caminos de la comunicación verbal y acabó inventando un lenguaje propio: el Hopelandic. Todo comenzó durante la creación de su álbum ‘()’, mientras Jónsi Birgisson, guitarra y voz, practicaba unas canciones que no estaban del todo finalizadas. El músico balbuceaba una serie de palabras inventadas que encajaban con la melodía a la espera de escribir las letras definitivas, pero el proceso se acabó demorando más de tres años y aquel balbuceo sin sentido acabó convirtiéndose en definitivo. Las canciones se grabaron tal cual y los fans las cantaban en directo pese a carecer de sentido, lo cual las dejaba abiertas a la interpretación de cada persona.

A partir de aquel momento, la banda siguió empleando este canal alternativo de comunicación, mezclando el islandés con aquel Hopelandic inventado. Un reguero de sílabas sin gramática ni semántica que recuerdan a ciertos experimentos de la poesía de vanguardia. Según sus creadores, este idioma conecta directamente con la sugerencia: Jónsi canta y abre el canal para que el oyente aporte un significado, el que interprete que tiene la canción en base a su sonoridad, melodía y al sentimiento que todo ello despierta en él. Esta decisión, compleja y muy poco comercial, entronca con esa forma de pensar que declaran tener los músicos de este singular país. A diferencia de los artistas americanos o europeos, los islandeses anteponen su afán por conectar con el mundo de una forma que les satisfaga a una posible aceptación o rechazo por parte del público. Una manera de entender la música casi terapéutica que les conduce una y otra vez a la senda de la experimentación, del riesgo creativo y de ese carácter innovador que tan atractivo nos resulta desde el exterior.





IMÁGENES | UNSPLASH

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