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Cómo las lámparas se convirtieron en la estrella de la decoración (y varios clásicos atemporales para un hogar de diseño)
Las lámparas son uno de los objetos decorativos predilectos y de mayor deseo de los interioristas de moda. ¿La razón? Una sombra, un punto de luz o un simple juego de color logran que el ambiente se transforme
El historiador Ernst Gombrich explicaba en su obra La historia del arte (1950) que la evolución del estilo arquitectónico griego del dórico, pasando por el jónico hasta el corintio se explicaba desde el valor que se empezó a dar al propio arte. Es decir, cuando las construcciones comenzaron a buscar no solo un diseño funcional, sino también una forma de expresar y mostrar la belleza.
Esta transición, la creación de un objeto para cumplir un fin que también pasa a perseguir aportar algo más a la estancia, está presente en la práctica totalidad de las cosas que nos rodean. Incluso en algo tan básico como una silla de escritorio, que ya no solo sirve para sentarse, también puede perseguir aportar estilo al despacho al mismo tiempo que protege la postura de la espalda con su diseño ergonómico. Y si esto ocurre con una sencilla silla ¿qué no iba a pasar con una lámpara?
Algo más que una simple bombilla
Las lámparas –de luz eléctrica– nacieron como una evolución de los candelabros y las lámparas de aceite. El objetivo final seguía siendo el mismo, alumbrar aquellos espacios que sin la presencia de luz vivían en la penumbra, pero en lugar de hacerlo con la ayuda de una mecha o parafina, se servían de una bombilla.
Sin embargo, muy pronto se comprendió que esas lámparas podían ser algo más. Un ejemplo son las famosas lámparas de araña con cristales decorando sus brazos, que dotaron de un toque de distinción a estancias reales como el Salón de Familia del Palacio de La Magdalena. Las lámparas de papel, que tienen su origen en Asia, terminaron por popularizarse en Occidente e Isamu Noguchi las transformó en objeto de coleccionista con su lámpara Akari.
En algunos casos, el estilo industrial se ha adueñado de los interiores de las casas y las bombillas desnudas han pasado a ser habituales de las cocinas y salones. En otros, el color se ha convertido en el auténtico protagonista de la habitación a través de lámparas con forma de donuts naranjas que, desde hace ya un tiempo, inundan las cuentas de decoración de Instagram.
¿El motivo? Su incorporación al catálogo de una conocida tienda de muebles sueca. Ahora bien, la realidad es que parten de un diseño que ya va camino de cumplir los sesenta años: su auténtico nombre es Nessino, de Artemide, y su creador, Giancarlo Mattioli, la ideó en 1967.

Cuando la lámpara desaparece
No siempre las lámparas dan el toque final de decoración estando presentes. En ocasiones se desprenden de todo elemento para hacer de su funcionalidad, alumbrar, su diseño. Una sutil iluminación oculta en las paredes para jugar con las luces y las sombras, creando profundidad en el ambiente; dobles techos para esconder la luz indirecta del salón y crear un clima más acogedor. Incluso, luces a ras de suelo de un pasillo que se encienden con un simple sensor, con lo que suma utilidad al diseño.
La lista de lámparas o simples juegos de luces que ya se han convertido en un básico del mundo del interiorismo es interminable. Ahora las tiras LED están presentes hasta en los cabeceros de las camas, pero antes las guirnaldas de pequeñas bombillas fueron un must indiscutible de las terrazas de cualquier casa. Lo importante no es tanto decidir qué moda o tendencia seguir como entender cuál es la que mejor se adapta al lugar.
Cuando las lámparas no son una opción
La vida de alquiler o los pisos muy pequeños pueden llevar a un escenario con mala solución: enamorarse de una lámpara Arco pero carecer de espacio en el cuarto de estar. Esto no significa que se deba renunciar al alma interiorista que creadores de contenido como @honolalab no dejan de inspirar, tan solo que será necesario acudir a otros elementos para vestir una habitación con estilo.
Un comedor sobrio puede transformarse en puro color de la mano de las sillas Ghost de Kartell (2002), mientras que un despacho sin personalidad puede recuperarla con la ayuda de las sillas Wassily, surgidas de la menta de Marcel Breuer en 1925.
El mismo salón desprenderá diversión y modernidad de la mano de Michel Ducaroy y su sofá Togo (1973), o sofisticación de la mano de un Chester, cuya historia bien merece un artículo propio. Y qué decir del exterior con los sillones colgantes, que tan pronto son la base para un espacio chill out en un jardín como dan carácter propio a la terraza de una azotea.
Los clásicos atemporales lo son gracias a que fueron diseñados por artesanos que, al igual que los maestros cerveceros de Cervezas Alhambra, entendieron que cada fase del proceso de creación requería de tiempos que no se debían acelerar. Artistas que entendieron que las prisas no darían como resultado una obra mejor, sino un proyecto pendiente de llegar a su mejor versión.
Créditos: Unsplash | elmaestrodelailuminacion.es | Nordicnest | Kartell
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