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Música

Adiós a la batuta magistral del cine

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Un genio hasta en la forma de despedirse de este mundo. “Yo, Ennio Morricone, he muerto”, comenzaba la carta que el compositor romano dejó escrita para ser leída tras su fallecimiento el pasado 6 de julio.

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Se fue el maestro, el artífice de buena parte de las bandas sonoras más exitosas, magníficas y reconocibles de la historia con permiso de John Williams. Suyos son los temas de los spaguetti western más emblemáticos de Sergio Leone, las inolvidables melodías de ‘La Misión’, las notas que elevaron ‘Cinema Paradiso’ al olimpo fílmico, la ambientación envolvente de ‘Novecento’, los emotivos sonidos de ‘Érase una vez en América’ y muchas de las composiciones que ambientan las películas de Tarantino, director con el que, según declaró tras concluir su participación en ‘Los Odiosos Ocho’ (2015), no volvería a colaborar “jamás”. “Elige la música sin coherencia y yo no puedo trabajar con alguien así”, argumentó. Irónicamente, al margen de la estatuilla honorífica concedida en 2006 por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, su trabajo en este filme sería el único de toda su carrera que le reportaría un óscar a la mejor banda sonora.


En sus inicios profesionales, Morricone probó suerte como compositor de música de vanguardia, pero tras comprobar que con lo que cobraba de los derechos de autor no podría mantener a su familia, dio el salto a la música para el cine. Todo un acierto, ya que dejó firmadas más de 500 bandas sonoras, rechazó otras tantas y disfrutó del reconocimiento mundial durante gran parte de su vida. Su inconfundible estilo, que intercala sonidos de la naturaleza y mezclas instrumentales poco frecuentes, como guitarras eléctricas y órganos de tubos, se caracterizó por las frases contrapuntísticas, fundamentalmente protagonizadas por cuerdas, y por un timbre muy personal.

Sus primeros pasos hacia el éxito no los dio en solitario, sino acompañado por un virtuoso y amigo de la infancia, Alessandro Alessandroni. Músico y compositor, Alessandroni aportó su personal silbido en filmes como ‘Por un puñado de dólares’ (1964) o ‘Hasta que llegó su hora’ (1968), y también fue el responsable del vibrante e inolvidable riff de guitarra de ‘El Bueno, el Feo y el Malo’ (1966). Entre ambos acuñaron un sonido tan icónico y potente que ‘The Ecstasy of Gold’, la pieza más reconocible de la BSO de ‘El Bueno, el Feo y el Malo’, hace las veces de intro en todos los directos de Metallica.

Precisamente en relación con el sonido de una de estas primeras películas, Sergio Leone recibió en cierta ocasión una llamada telefónica de Stanley Kubrick. Estaba fascinado por la perfección con la que se sincronizaban la música de Morricone y las imágenes durante la presentación de Claudia Cardinale en ‘Hasta que llegó su hora’. No entendía el modo tan preciso en que se había editado la escena y el director italiano se lo aclaró. “Ya teníamos la música. Los movimientos de la cámara se realizaron mientras sonaba a todo volumen en el plató para que todo encajase”. “Por supuesto”, encajó Kubrick. Un ejemplo de la importancia progresiva que la música cobraba en los largometrajes.

El maestro Morricone recordaba aquella época de westerns con una nostalgia no exenta de objetividad. Aseguraba que la banda sonora de ‘Por un puñado de dólares’ contenía sus peores trabajos y explicaba que cuando salió del cine, después de ver el estreno junto a Leone, ambos se miraron y exclamaron: “¡Qué película más mala!”. Afortunadamente, la taquilla dictó sentencia en la dirección opuesta, la cinta fue un éxito y la colaboración entre ambos se mantuvo durante años, lo que les permitió seguir evolucionando y creciendo. Su compenetración llegó a tal punto que el director le animó a ‘reciclar’ un tema que quedó descartado para un filme de Marco Zefirelli y le pidió que lo reconvirtiera en la pieza central de ‘Érase una vez en América’ (1984). Aquella canción, ‘Deborah`s theme’, acabó siendo una de sus composiciones más aclamadas.

‘La Misión’ (1986) marcó uno de los hitos de su carrera, aunque lo cierto es que el productor de la cinta, David Puttnam, estaba decidido a que Leonard Bernstein, autor dela magnífica banda sonora de ‘West Side Story’ (1961), firmase la obra. Éste no pudo ocuparse del encargo por encontrarse de gira y a los responsables del largometraje no les quedó más remedio que llamar a Morricone. Le presentaron el proyecto, ya rodado, en un pase privado. Durante dos horas, se sumergió en la historia de aquella misión de jesuitas del siglo XVI enclavada en el corazón de la selva sudamericana y liderada por el padre Gabriel. La película le conmovió hasta tal punto que, con lágrimas en los ojos, les dijo a sus responsables que la dejaran tal cual, sin música, porque cualquier composición resultaría superflua. No le hicieron caso.


Finalmente aceptó, pero el trabajo conllevaba obligaciones. Debía incluir una pieza para Oboe, ser fiel al estilo de la época y lograr que el conjunto representara a las poblaciones indígenas incorporando algunos de sus referentes culturales. Tal vez demasiados requisitos para un maestro que gustaba de volar en libertad, pero Morricone se lo tomó como un reto. El resultado fue una obra monumental que relataba a la perfección el choque de las sociedades europea y americana, la cuestión religiosa, la pérdida de la inocencia y la condena de la violencia. Corales litúrgicas, tambores nativos y guitarras españolas dieron vida a una banda sonora que, pese a impactar profundamente a la audiencia, no se hizo con el óscar al que estaba nominada en 1986. Aquél año, John Barry se llevó la estatuilla por su increíble trabajo en ‘Memorias de África’, pero el público encumbró la obra de Morricone. ‘On Earth as it is in Heaven’’, uno de los temas más recordados de aquella banda sonora, recaudó por sí sólo más beneficios que la propia película.


Morricone reconoció que aquello le escoció profundamente, pero siguió adelante y continuó trabajando con diferentes directores. En 1988 establecería uno de los tándems mas memorables de la historia de la industria al trabajar junto a Giuseppe Tornatore en la legendaria ‘Cinema Paradiso’ (1989). La banda sonora del filme, una inolvidable oda a la sensibilidad, es toda una experiencia en sí misma y resulta casi inevitable escucharla sin sentir cómo la piel se eriza al compás de las notas. La relación con Tornatore, para el que escribiría todas las bandas sonoras de sus películas, fue tan estrecha que se dirigió a él en su carta de despedida llamándole, cariñosamente, Peppuccio, y dedicándole “un recuerdo muy especial”.


La relación con otros directores no fue, ni remotamente, tan estrecha. En una entrevista, Morricone recurrió a la ironía para evaluar su trabajo con Pedro Almodóvar en ‘Átame (1990)’. “No sé si la música le gustó. Siempre me decía ‘vale’, sin una gota de entusiasmo o un atisbo de participación”. Tampoco llegó a entenderse al 100% con Pasolini cuando colaboraron en ‘Saló o los 120 días de Sodoma’ (1975). “No me enseñaba algunas escenas (las más obscenas). ¿Me veía como un moralista? No lo sé”. Con Bertolucci, el entendimiento y la amistad fueron mucho mayores, aunque no faltaron las anécdotas. Coincidieron en los rodajes de ‘Novecento’ (1976), ‘Partner’ (1968), ‘Antes de la Revolución’ (1964), ‘La Luna ‘ (1979) y en ‘La historia de un hombre ridículo’ (1981). Al compositor le resultaba gracioso que el director, con bastante frecuencia, tratara de indicarle el tipo de música que tenía en mente nombrando colores o sabores. También fue buena la relación con Brian de Palma, para el que escribiría la maravillosa banda sonora de ‘Los Intocables’ (1987).


Morricone planteaba que la música debía entrar en una escena de forma silenciosa, gradual, casi inadvertida. Por ello recurrió en numerosas ocasiones al denominado ‘pedal’, un sonido grave y prolongado sobre el que se iban sucediendo poco a poco los diferentes acordes. Una técnica que también empleó cuando llegó el momento de alejarse de los focos. Serenamente, con una sencilla carta de despedida.


Imágenes | UNSPLASH

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